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Boehmiano. En pos de la sabiduría, como arte de vivir

La religión del Amor en Ibn Arabî

 

 

            Citamos a continuación un párrafo de Henri Corbin, extraído de su precioso libro La imaginación creadora en el sufismo de Ibn ’Arabî, editado por Destino, en Barcelona, febrero de 2003. La traducción, excelente, es de Agustín López y María Tabuyo.

            Íbamos a citar sólo el célebre fragmento del Diván, que aparece aquí al final, para hacer de él un breve comentario, pero pensamos que así está mejor introducido. Que lo disfruten y lo entiendan los amables lectores. Aquí va:

 

                        “La vida en simpatía con los seres, capaz de dar una dimensión transcendente a su ser, a su belleza, a las formas de su creencia, es función de esta teopatía que hace del espiritual un ser de Compasión (un Rahmân), y que realiza por él este Compadecimiento divino (Nafas Rahmânî) cuyo significado es compasión del amor creador por ser simultáneamente pasión y acción. ¿Con qué imagen se presentan y pueden ser contemplados el tipo y el objeto de esta devotio sympathetica? ¿Qué modo de ser invita a realizar esta contemplación? Éste será el tema de la segunda parte de este estudio.  Pero podemos introducirlo ya indicando lo siguiente: es en el centro de su gran poema sofiánico, es decir, en ese Dîwân secretamente dominado en su totalidad por la figura que, en el curso de una estancia memorable en La Meca, se apareció a lbn’Arabî como figura de la Sabiduría o Sophia divina, donde brota la profesión de fe de un fiel de amor capaz de asumir toda la transcendencia que se abre a lo que está más allá de cada forma, porque su amor la transmuta en el resplandor de un «Fuego que no se consume ni le consume, pues su llama se alimenta de su nostalgia y de su búsqueda, indestructibles al fuego como la salamandra»:

 

 

«¡Oh maravilla!  Un jardín entre las llamas...

 

Mi corazón se ha hecho capaz de todas las formas.

 

Es pradera para las gacelas y monasterio para los monjes,

 

Templo para los ídolos y Ka’ba del peregrino,

 

Tablas de la Torá y Libro del Corán.

 

Profeso la religión del Amor y cualquier dirección

                   que tome su montura, el Amor es mi religión y mi fe»[1]

 

 

Comentario:

 

Sabiduría activa y pasiva que brota del amor. Verdadera y divina compasión o misericordia, sabedora de lo que es y fomenta verdadera unidad entre los seres.

Capacidad metafísica de trascender las formas, sin negarlas; de asumir en la propia búsqueda los anhelos y creencias ajenos, que no se sienten tales.

Verdadera “llama que consume y no da pena”, pues renace cada día, en cada instante.

Plenitud del corazón que ya no juzga, que suspende el juicio, que se sabe amado. Amor a los que aman, cualesquiera que pudieran ser sus limitaciones, que asumimos como propias de cierta manera.

Maravilla de la dilatación del corazón, que no controlamos; que no es mero efluvio sentimental, ni repudia el sentimiento.

Sabedores de algo esencial: el que de veras ama no hace daño, no peca, no obra mal... pues, ciertamente, ya ha nacido de Dios.

 



[1] O.c., pp. 160-161. El subrayado es nuestro.

 

 

Para una tipología astral

TIPOLOGIA ASTRAL

 

1. ARIES     (21 Marzo a 20 Abril)   Fuego   Marte y Plutón diurnos.   Cabeza.    Símbolo: el carnero

 

            Rasgos e ideas que evoca: ímpetu y entusiasmo audacia, avasallamiento, violencia, energía, independencia, coraje, deseo de conquista, voluntad, ambición, orgullo, testarudez, despotismo, tumulto, intensidad, instinto; bondadosa mediocridad, dócil sumisión, emociones fuertes, sensaciones violentas, activismo, temperamento fogoso e irritable, falta de reflexión, superficialidad, falta de constancia, infidelidad; inspiración interior; falta de diplomacia, temeridad.

            En cierto modo semejante al colérico (emotivo, activo, primario) de la caracterología.

            El hombre Aries quiere “atravesar la pared con la cabeza.

            Puede ser un auténtico guía para los demás, o un seductor, un héroe o un criminal (según se trate de la variante superior o inferior de este arquetipo).

 

2. TAURO     (21 Abril a 20 Mayo)   Tierra   Venus y Ceres nocturnos.    Cuello.    Símbolo: el toro.

 

          Rasgos e ideas evocadas: resistencia, constancia, instinto de conservación, gran capacidad de trabajo, gravedad, pesadez, gordura, lentitud, estabilidad, solidez, densidad, consistencia, inflexibilidad, calma, reflexión, perseverancia, paciencia, amor al orden y a las cosas bellas, afectividad; mediación, conciliación, diplomacia, temperamento generoso, vitalidad, temple robusto, virtudes hogareñas, talento artístico; materialismo, crítica, intolerancia, impaciencia, irritación, apetito de posesión, egoísmo, sensibilidad, sensualidad, instintos, propensión al placer, aprecio a la vida y al bienestar, avaricia; accesos violentos de cólera, celos, esteticismo, lujo.

          Le gastan los honores y ser objeto de estima y reconocimiento por parte de los demás.

 

3. GEMINIS  (21 Mayo a 21 Junio)  Aire  Mercurio y Palas diurnos. Brazos, pulmones. Sím: Gemelos.

 

          Rasgos y evocaciones: dualidad, polaridad movilidad, flexibilidad, versatilidad, elasticidad, generosidad, mediación, transporte, comunicación; expansivo, vitalidad, actor y espectador de sí mismo, complejidad o adaptación, capacidad persuasiva, esbeltez de movimientos; mirada vivaz, inquieta, escrutadora; su físico expresa bien los estados psíquicos; inteligencia, espíritu sutil, originalidad curiosidad científica, gusto por el juego, atracción por el ejercicio de las ideas; ajenos a cualquier violencia, temperamento nervioso, incapaz de guardar un rencor prolongado, despreocupado, sincero, confiado, gran receptividad; doblez, fragilidad, disimulo, astucia, mentira, fraude, ligereza, amor por los viajes; variabilidad, superficialidad, fanfarronería, disipación, derroche de fuerzas intelectuales, inconstancia, exagerada locuacidad, inquietud, ansiedad, obsesión, falta a veces de reflexión vana curiosidad.

          “Es la imagen de todas las oposiciones interiores y exteriores, contrarias o complementarias, relativas o absolutas, que se resuelven en una tensión creadora” (Alexandre Volguine).

          Solamente aquellos que saben dar a su propio dinamismo forma y dirección logran desarrollar una actividad verdaderamente productiva; los otros se abandonan a las más variadas ocupaciones (mariposean).

            Este tipo se presta como ningún otro a ser agredido, difamado y obstaculizado generalmente en su ánimo.

            Desproporción entre una inteligencia superior y la defectuosa capacidad creativa, operativa, práctica y concreta.

 

4. CANCER         (2 Junio a 22 Julio)       Agua           Luna.        Estómago.       Símbolo: el cangrejo.

 

            Rasgos y evocaciones: movilidad, fluidez, transitoriedad, variabilidad de ánimo, cambios de humor, recogimiento, protección, sentido maternal, interioridad, germen, tenacidad; mediación, mediumnidad, enlaza el mundo informal y el formal; imaginación, romanticismo, sensibilidad, sentimiento, intuición, inspiración, profundidad; imagen de: abismo, pozo, gruta, caverna, bolsa, vasija, abrigo, casa, ciudad; celoso de su intimidad, parco en palabras, introversión, timidez, reserva, a veces inaccesible, influenciable (afectivamente), a veces conciliador y cordial; memoria, recuerdo, historia, pulsión vital, instinto, psiquismo, inconsciente, subjetividad, sueño, fábulas, fantasía, lirismo; amor por los cambios (especialmente en la juventud); falta de carácter, fantasía morbosa, inconstancia, poco sentido práctico, incapacidad para tomar decisiones, capricho, egocentrismo, cierta presunción o vanidad, cierta excentricidad, a veces fanatismo.

            La facilidad de adaptación a las condiciones y circunstancias poco favorables de la vida práctica es, sin duda, una de sus principales cualidades, expresándose de diversas formas.

            En contraste con su romanticismo y naturaleza sentimental, a veces tiende al lujo y a la posesión de bienes materiales.  Ama los viajes y las cosas bellas.

 

5.   LEO            (23 Julio a 22 Agosto)             Fuego         Sol.           Corazón.       Símbolo: el león

 

            Rasgos e ideas que evoca: fuerza vital, salud física, potencias iniciativa, conquista, alegría de vivir, elevación, apasionamiento, tendencia a conducir a los demás, cierta fascinación personal, independencia, optimismo, saber ver el lado bueno de personas y cosas, dignidad, magnanimidad, nobleza de ánimo, generosidad ausencia de mezquindad; voluntad, realismo, eficacia, vigor concreto, presencia física, tenacidad y conciencia en el trabajo, muchas posibilidades profesionales; soberbia, arrogancia, vanidad, presunción, prodigalidad, megalomanía, ambición, falta de profundidad e interioridad, retórica; fácilmente excitable, a veces imprudente, libertinaje; tipo apolíneo, idealista.

            La inteligencia de los nativos de Leo se dirige más bien hacia el lado práctico de la vida, pero ante sí mismos tienden a justificar sus propios actos con una concepción idealista del mundo.

 

6. VIRGO  (23 Ag.-22 Sep.) Tierra  Mercurio y Palas noct.  Intestino.  S.: doncella recogiendo espigas.

 

            Rasgos e ideas: capacidad de recoger (experiencias, etc.), cierta doblez, extraña unión entre el sentido práctico y el idealismo, altitud de miras, dispersión en lo cotidiano, amor al orden y a la precisión, contraste entre a) la seriedad y la pesadez, y b) la frescura lírica y mental; hogareño, aspiración a la pureza; universalidad, búsqueda profunda y crítica, inteligencia (terrena, esto, es: concreta, práctica, grave y ponderada); lógica aguda, capacidad de trabajo, destreza manual, minuciosidad, tendencia al eclecticismo (reunir ideas de diversa procedencia y naturaleza), accesos de melancolía, timidez, sensibilidad, susceptibilidad, esbeltez en lo físico, sentido de la realidad; apto para el estudio de las ciencias y la filosofía; se encuentra a gusto en medio de la naturaleza (tendencia a la soledad), tendencia a la soltería (como también en Sagitario); poco sociable, círculo restringido de amigos, pedantería, cálculo, frialdad de sentimientos, avaricia, egoísmo, mezquindad, individuos quisquillosos, ambiciones meramente terrenas, egocentrismo, misoginia.

            Se trata de una disposición general a retener, a controlar, a dominarse y a disciplinarse; de una tendencia a la economía, a la parsimonia, a la acumulación, a la conservación, a la temporización; de un carácter serio, concienzudo, escrupuloso, reservado, escéptico, metódico, ordenado; aferrado a los principios, a las reglas, a las consignas; sobrio, preocupado por el sentido cívico y por la respetabilidad, trabajador; interesado por las cosas difíciles, laboriosas, ingratas o penosas; que pretende satisfacer ante todo un sentimiento de seguridad.

            La tendencia crítica y analítica de su mente fácilmente puede degenerar en un exagerado seccionar cuanto cae bajo su lente escrutadora, si no puede encontrar la síntesis.

            Alquimista, capaz de transformar y transmutar cosas y estados, a la persona de este arquetipo lo pequeño le parece tan importante como lo grande; ve lo grande en lo pequeño y viceversa, el universo en su propia intimidad.

 

7. LIBRA   (23 Septiembre-22 Octubre)  Aire   Venus y Ceres diurnos.  Riñones.  Símbolo: la balanza.

 

            Rasgos y evocación: equilibrio, armonía, amor al arte, amor por lo bello, por la forma y por la comprensión y la cortesía; tacto, mesura, diplomacia, aprecio por la legalidad y la justicia; ingeniosidad, riqueza de ideas, elegancia de movimientos, armonía y belleza física, más receptivo que expansivo, capacidad de identificación con los demás, muy poco orgullosos, mediación, conciliación, optimismo; frivolidad, superficialidad, ligereza, frialdad, desconfianza, pasividad, inconstancia, a veces renuncia a la propia individualidad, capacidad de cierta despersonalización, insinceridad, tendencias a la violencia, pasiones desenfrenadas, ambición de conquista.

            Intento de equilibrio entre la inclinación hacia el mundo de los deseos (Escorpio) y hacia el mundo de la sublimación (Virgo).

            Se adapta a las circunstancias que encuentra antes que modificarlas según su propia naturaleza.                    

 

8. ESCORPIO   (23 Oct. a 23 Nov.)  Agua   Plutón y Marte noct.  Sexo. Símb.: la serpiente y el águila.

 

            Rasgos e ideas evocadas: muerte, contraste, lucha, tentaciones, conflictos, tormentos, renovación, resurrección sublimación, tendencia al ascetismo (y misticismo); penetración, agresión; tiene algo irresistiblemente atrayente, cierta fascinación misteriosa, radar de lo psíquico, originalidad (extravagancia), secreto, apariencia fría engañosa; laboriosidad, sutileza, análisis profundo, resistencia fermentación, dinamismo, dureza, lucha, crisis y arraigo en las crisis, atracción por lo oculto; no cede ante la fatiga, privación o dificultad; erotismo, pasiones morbosas, celos, desorden, traición, tendencia al crimen, orgullo, incapaz de soportar cualquier sujeción, testarudez, astucia, decisión, carácter combativo, inteligencia (como géminis o Virgo).  Se establece una dialéctica de la destrucción y la creación, de la muerte y del renacimiento, de la condena y de la redención; Escorpio es canto de amor sobre campo de batalla o grito de guerra en campo de amor.

            Esta naturaleza volcánica hace del tipo Escorpio un pájaro cuyas alas no se despliegan con facilidad más que en medio de las tempestades; su clima es el de las tormentas y su país el de la tragedia (bueno, se exagera un poco)

            El nativo de Escorpión querría desvelar hasta los últimos secretos de la creación y encontrar una solución al problema del fin de la existencia humana.

 

9. SAGITARIO (22N.-20 D.) Fuego Júpiter y Neptuno d. Caderas. S.: centauro con arco hacia lo alto.

 

            Rasgos e ideas que evoca: justicia, independencia, libertad, idealismo, altura de miras, aspiración a lo sobrehumano(1), movimiento, instintos nómadas, inteligencia espontánea fundada en la experiencia, desarrollado sentido de la realidad, fe, lealtad, sacrificio, franqueza, religiosidad, sentido social, humanismo, buenos compañeros de vida; infracciones de la ley, trampas, atentados contra la moral, ateísmo, estafa, falta de agilidad intelectual (que es propia de Géminis, su complementario), falta de pensamiento profundo y sistemático (más propios de Capricornio), obstinación, tendencia a lo hiperbólico, poco constantes en sus afectos, inclinación al placer, amor al descanso, pereza, arrogancia, egoísmo, amor a la francachela, pasión por el juego, gusto por la aventura, superficialidad, fanfarronería, mentira, “malas lenguas”.

            Se prodigan asistiendo y ayudando a sus propios semejantes, sacrificando algunas veces un tiempo precioso en detrimento de sí mismos.

            Si en Aries la potencia ígnea era visceral, y si en el voluntarioso Leo estaba consagrada a la magnificencia del yo, aquí esta fuerza se convierte en la de las decantaciones espirituales, en la de las iluminaciones de la mente y en la de las subidas interiores, mediante las que el instinto y el ego se superan y trascienden hacía lo sobrehumano. (Nietzsche, que era ascendente Sagitario, fue el creador de la idea del superhombre: ver su obra “Así habló Zaratustra”).

            En la raíz del tipo Sagitario se discierne un yo en expansión o en intensidad, que busca sus propios límites y aspira a superarlos y ello por una especie de instinto de la envergadura o de la grandeza.  De ahí una aspiración a cierta elevación o dimensión que él busca en el arrobamiento, el cual puede ser impulso de participación, de asimilación ideal a la vida colectiva, o, al contrario, rebelión estimulante contra un poder a dominar cuando no simple inflación del yo que se pierde en la embriaguez de grandeza.

            La saeta, a la que asimila el saetero (o Sagitario), realiza la síntesis dinámica del hombre que vuela hacia su transformación, por el conocimiento, de ser animal en ser espiritualizado.

 

10. CAPRICORNIO (21 Di.-19 En.) Tierra  Saturno y Urano n. Rodillas. S.: cabra sobre una montaña

 

            Rasgos y evocaciones: defensa, resistencia, firmeza, tenacidad, constancia, laboriosidad, paciencia, serenidad, capacidad de renuncia, austeridad, perseverancia, industria, realización, autosuperación, seriedad, profundidad, prudencia, sabiduría, concentración, sentido del deber, retirada en sí mismo, simplicidad, sobriedad, discreción; gobierno de sí, paciente entrenamiento de la voluntad, precisos y concienzudos en su trabajo, sabe aprovechar las crisis para avanzar; pesimismo, cinismo, taciturnidad, accesos de melancolía, renuncia, tendencia a la soledad, independencia (psíquica), sentido del deber y del sacrificio, ascetismo, responsabilidad; egoísmo extremo, avaricia, crueldad, desconfianza, personas también vengativas; desesperación, depresión.

            Capricornio se refiere al simbolismo de la siembra, significando también el despojo, la retracción y la concentración del invierno en su severa grandeza.

            Está regido por Saturno, asociado a todo lo duro, ingrato, sombrío y oscuro, pero también a la sabiduría. Saturno es ese despiadado dios del tiempo que cristaliza al ser humano en sus supremas ambiciones, cuando no lo condena al despojo y a la renuncia. La naturaleza capricorniana lleva la señal de este universo frío, silencioso, inmóvil.

            Es incapaz de tomar la vida con ligereza, ni como algo fácil. Sobre él pesa la responsabilidad de tener que obrar.

 

11. ACUARIO  (20 Enero a 18 Febrero) Aire  Urano y Saturno di. Piernas.  Sim.: hombre o anciano

 

            Rasgos y evocación: ciencia, técnica, filosofía, tendencias religiosas, fluidez, limpidez, transparencia, inventiva, desapego frente a lo material, sentido estético, liberación de las cadenas instintivas y apertura a las fuerzas espirituales por vía del desasimiento, amor por lo misterioso, deseo de ser guía; combatividad, ideas reformadoras, amor por la música, ponderación, circunspección, genialidad, humanitarismo y progreso, socialismo, cristianismo, sentido social, comprensión, hermandad, utopía, solidaridad, cooperación, don de sí, altruismo, sentido de la amistad, afabilidad, cortesía, modestia, honestidad, benevolencia, habilidad mental y manual; desmesurado, falta de sentido social (por raro que parezca) y egocentrismo, extrema volubilidad en propósitos e intentos, vanidad, aspiraciones fantásticas, extravagancia, oscilación entre extremos, potencia prometeica, emancipación, aventura, amor por el progreso y el vanguardismo, tendencia a la soledad, originalidad o excentricidad, gustos extraños y refinados, ostentoso.

            Si el aire de los Géminis evoca la comunicación mental y el de Libra el diálogo del corazón, el de Acuario plantea el mundo de las afinidades electivas, que nos convierten en seres que viven en una comunidad espiritual y en plena esfera universal.

            El tipo Acuario querría ver confirmada su originalidad y sancionado su derecho a ser considerado como un individuo excepcional (afín en esto a Cáncer), por esto corre el peligro de no ser tomado en serio.

            Sobre su simbolismo diremos que su figura hace surgir la noble aparición de un ser humano realizado, con los rasgos de un sabio anciano, que lleva debajo de los brazos o sobre los hombros una o dos ánforas, urnas inclinadas que derraman a chorros el agua que las llena.

 

12. PISCIS   (19 Febrero a 20 Marzo)   Agua   Neptuno y Júpiter noct.  Pies.  Simbolismo: dos peces

 

            Rasgos e ideas: mística, metafísica, creación artística, utopía, carácter quijotesco, sensibilidad, amor al arte, sincera religiosidad, conciencia y sentido de la responsabilidad, amor por los viajes lejanos y exóticos, inspiración, intuición, imaginación, psiquismo, naturaleza muy receptiva e impresionable, plasticidad psíquica, mediumnidad, sublimación, amor platónico, tendencia al extremismo, excitabilidad, sentimiento, romanticismo, ensoñación, un estar como en la luna, aspecto descuidado, fragilidad física, indolencia, indecisión, miedo, ingenuidad; caridad, compasión, sacrificio, humildad, ajenos al deseo de acumular riquezas; debilidad de carácter, falta de afecto, falta de consistencia, sensualidad, abandono, dilatación e inflación emotiva; carecen de sentido de la realidad, pereza, mentira, histerismo, astucia, materialismo, explotación; en el extremo, alguna tendencia al sadomasoquismo.

            En este arquetipo el ser se desborda a sí mismo (como corresponde al fin de las cosas, o a las últimas realidades) para confundirse con la conciencia de un valor que lo supera y engloba, asimilándolo a una condición más general.  A veces, suele ejercer una fascinación particular y algo exótica (sobre todo en la mujer).

          Buen colaborador como es, gusta empero de la independencia o de posiciones dirigentes.

          Se da en é1 la oscilación entre estados de exaltación y melancolía, de optimismo y de pesimismo.  También cambios y oscilaciones casi constantes que pueden hacer difícil la convivencia.

          Su símbolo se refiere a dos peces dispuestos paralelamente pero en posición mutuamente inversa.

 

Nota final.-

 

Esta tipología nos sirve como ejemplo de un lenguaje simbólico (arquetipos, elementos, planetas y dioses de la mitología...) y hay que tener en cuenta el carácter doble o polar de los símbolos: se refieren a algo y, al mismo tiempo, a su contrario. Por eso vemos en un signo cualidades y defectos del todo opuestos. Además, en cada signo o arquetipo podemos considerar al modelo realizado o al poco evolucionado, el superior y el inferior.

Nada se prejuzga aquí sobre el valor o no valor de la astrología como conocimiento. Desde luego, no se la considera como ciencia experimental, ni como saber filosófico o racional; en todo caso, como arte o ejemplo de un modo de pensar analógico y tradicional, propio del hombre antiguo. En cierto modo, un lenguaje olvidado. La pregunta es: el ser humano ¿se ha engañado durante siglos, en las principales culturas de la antigüedad, pensando que puede haber un lenguaje que exprese correspondencias a diversos planos de realidad, entre macrocosmos y microcosmos?  Su sueño, al menos, es hermoso: formaríamos parte de un universo pleno de sentido.  Santo Tomás de Aquino, filósofo y teólogo medieval, escribe en la Suma Teológica que "Los astros inclinan, pero no obligan". Quedaría, pues, a salvo la libertad.

Una observación: cuidado con hacer de la astrología una superstición o un comecocos.  No abundan probablemente los libros buenos y profundos sobre el tema.

 

Simbolismo de los elementos: (aplicado al ser humano):

 

l. Fuego: vitalidad, salud, fuerza espiritual, voluntad, lo divino en nosotros.  Atravesar el fuego, según Eliade, es símbolo de trascender la condición humana.  Dualidad: pasión-espíritu.

2. Aire: hálito vital, palabra, pensamiento, inteligencia, mediación sutil, mente. Dualidad: divagación (o mera razón)-inteligencia (verdadero conocimiento).

3. Agua: principio de vida y de la manifestación de las formas, mediación entre la vida y la muerte, alma o conciencia, psiquismo, sentimiento, sueño. Dualidad: capricho irracional-intuición del corazón, sensibilidad.

4. Tierra: vida organizada, acción concreta y práctica, percepción, realización, concreción, cuerpo.  Dualidad: egoísmo o materialismo-realización, plenitud.

 

Por cierto que yo asociaría los cuatro tipos básicos de Jung con los cuatro elementos. A saber: pensar (aire), sentimiento (fuego), intuición (agua), sensación (tierra).

 

Complementarios: Cada signo tiene un contrario-complementario, que tiene, por así decir, lo que al otro le falta. Así, los signos de Fuego se complementan con signos de Aire, y los de Tierra con los signos de Agua. Más en concreto: Aries con Libra, Tauro con Escorpio, Géminis con Sagitario, Cáncer con Capricornio, Leo con Acuario y Virgo con Piscis.

 

               Un último ejemplo sobre este simbolismo: en la tradición hindú, así como en Homero, Cáncer representa la “puerta de los antepasados” (o la entrada en el mundo, en la manifestación) mientras que Capricornio significa la “puerta de los dioses” (entrada en el mundo del avatar o de la manifestación divina en forma humana, y la salida de este universo manifestado).  Simbólicamente, no es casualidad que la Navidad se celebre el 25 de Diciembre, junto al solsticio de invierno -fiesta celebrada ya en la antigüedad, entre otros pueblos, en Roma-, esto es, en Capricornio.

 

 

Texto comentado de Aristóteles sobre la belleza de las matemáticas

 

         “Yerran quienes afirman que las ciencias matemáticas no dicen nada acerca de la Belleza o de la Bondad. Hablan, en efecto, de ellas y las muestran en grado sumo. Aunque no las nombren, no es que no hablen de ellas, puesto que muestran sus obras y sus razones. Por su parte, las formas supremas de la Belleza son el orden, la proporción y la delimitación, que las ciencias matemáticas manifiestan en grado sumo. Y puesto que éstas (me refiero, por ejemplo, al orden y la delimitación) son, a todas luces, causas de muchas cosas, es evidente que hablan en cierto modo de esta causa, la causa como Belleza” (Aristóteles, Metafísica, M 3, 1078 a 33-1078 b 5).

 

            Comentario: Este es un texto eminentemente platónico, pues, según Platón, el Bien (el Uno o la Divinidad), “suprema medida de todas las cosas”, se manifiesta en las relaciones de proporción, orden y armonía, a distintos niveles, que constituyen la belleza. Esta, por tanto, como escribe G. Reale, nos hace ver al Uno en las relaciones proporcionales y numéricas, en lo físico como en lo inmaterial. Por eso, para conocer la belleza hay que pasar antes por varios grados que incluyen las diversas ciencias y, entre ellas, la matemática, que es intermediaria entre el mundo sensible y el inteligible. Así se comprende el lema, “que no entre aquí [en su escuela, en su Academia] nadie que no sepa geometría”, que se decía inscrito en el pórtico de la célebre institución educativa ateniense. Dios geometriza. El Demiurgo modela a la materia con precisión de arquitecto. Matemática y arte se dan la mano, como muestra la presencia de la sección áurea en las principales obras del arte griego clásico, así como en el arte renacentista. El pitagorismo latente de Platón: números, figuras, música en las entrañas de lo real. Esa música callada que es también la música de las esferas celestes, pues que el amor (mezcla él mismo y mediador, como el alma, hijo de la Abundancia y la Pobreza), que pone orden y tiende a la unidad y a la belleza, es el vínculo que mueve el sol y las demás estrellas, según la conocida expresión del Dante.

 

 

De la luz y el sueño

No es un poema, aunque lo parezca. Dedicado a un amigo y maestro entrañable y dedicado también a la pensadora del mundo de las entrañas,

María Zambrano,que tanto sabía y gustaba de la relación entre poesía y filosofía.

 

 

                                                                                                                En recuerdo de Juan Saravia.

                                                                                                             En homenaje a María Zambrano.

 

                        Ver o no ver, esa es la cuestión.

                        Ver con el ojo del corazón, si está encendida la lámpara del espíritu.

                        Porque el corazón, siendo caverna, entraña, también se dilata... aspira a la Luz.

 

                        Hay que dormirse arriba, en la Luz,

                        y conviene estar despierto abajo, en la oscuridad,

                        como tú bien sabías y escribiste.

 

                        Día y Dios, luz y cielo, aurora surgente.

                        En verdad madruga por Dios aquel que rechaza las obras de las tinieblas.

 

                        Cercano y difícil de captar..., como dijo un Poeta,

                        pero donde abunda y acecha el peligro también crece lo que salva.

 

                        Nosotros dormimos, mas nuestro corazón vela.

 

                        “Arriba, en la luz, el corazón se abandona, se entrega. Se recoge”.

                        Allí “no se padece violencia alguna,

                        pues que se ha llegado a esa luz sin forzar ninguna puerta y aun sin abrirla,

                        sin haber atravesado dinteles de luz y de sombra, sin esfuerzo y sin protección”

                        (María Zambrano).

 

                        Antes, ha sido un recorrer las callejuelas del Laberinto,

                        antes hemos sido espectáculo de Angeles y Demonios;

                        aquí, en lo profundo, donde vela el corazón,

                        donde se desvela, y “se reenciende en sí mismo”.

 

                        No era el recuerdo de sí,

                        como no es el hombre la medida;

                        pero sabías, algo en ti sabía,

                        que está encendida la lámpara.

 

 

 

 

Sobre la educación integral

Hace años escribí un texto en el que reflejaba mis ideas y experiencias sobre la educación, una educación integral, de la que tanto se habla pero por la que tan poco se hace, y ese texto quiero compartirlo ahora. Acaso debiera corregirlo para limitar sus errores, pero prefiero dejarlo así. Se escribió en 1996 y, ahora que tantos debates se dan a propósito de la educación en nuestro país (España), puede que no carezca de interés a pesar de sus pretensiones un tanto utópicas.

Sólo una observación preliminar. Cuando hemos podido apreciar, incluso aquellos que leímos y valoramos la LOGSE, que varios males se han derivado de la aplicación de aquella ley, males que han dejado la enseñanza en una situación difícil y que requiere de todo nuestro esfuerzo, dedicación y entusiasmo para intentar mejorarla o “resucitarla”, quiero señalar que me parece superable el enfrentamiento de dos posiciones respecto a la enseñanza: la que todo lo quiere basar en el esfuerzo (y se insiste en el esfuerzo y estudio de los alumnos) y la que pone el acento en los procedimientos, los recursos, la motivación, la atención a la diversidad o el aprendizaje significativo –por citar algunos elementos típicos de la LOGSE.

Creo que esa tensión se podría resolver en una síntesis, aunque no sea fácil. Yo, desde luego, no reniego del esfuerzo del alumno ni de su correcta actitud en clase, pero no creo que deba ser un esfuerzo competitivo, que sólo piense en las notas y que, en definitiva fomente el enfrentamiento, los recelos o la envidia entre compañeros (porque vivamos en una sociedad competitiva y meritocrática, amén de enchufista). Además, el esfuerzo del alumno no está reñido con que los profesores acepten estudiar nuevos métodos o se preocupen –en la medida en que puedan y deban- por la formación humana de los alumnos. No olvidemos que trabajamos –los profesores- con personas, no con cosas o con papeles…

En fin, aquí va el artículo. Espero que a alguien le guste (o le gusten algunas cosas que en él se dicen):

Un importante crítico literario escribía el pasado 5 de Octubre a propósito de la nueva E.S.O. (educación secundaria obligatoria) y, junto a ideas bastante razonables, se lamentaba de que en la reciente reforma educativa la formación y la educación humana primase (al parecer) sobre el esfuerzo en aprender los contenidos científicos. No veo por qué tienen que enfrentarse ambas cosas, pero lo asombroso del artículo de este crítico es que se sorprendiera e hiciese la sorprendente pregunta de qué significa eso de formación humana[1]. Me temo que pudiera pensar esta persona que la formación es un concepto ambiguo o demasiado sutil, o quizás entendiera que la formación consiste sin más es la ordenada acumulación de los más diversos saberes: una cabeza enciclopédica sería sinónimo de persona formada y bien educada.

Yo creo que, en nuestro sistema educativo, sucede todavía más bien lo contrario de lo que preocupaba a nuestro crítico. No hace mucho, un joven jefe de estudios de un instituto castellano, hombre responsable, exigente y riguroso, al comentarle yo en una ocasión -y luego de varias conversaciones al respecto con él y con otros profesores- que la ciencia sin conciencia es la ruina del alma, me contestó sinceramente (y para no seguir hablando del tema) que él no se creía preparado para semejante tarea de formación.

Pero ¿negará alguien que la formación integral es el objetivo primero (y único, pues con él se lograrían todos los demás) de la educación?

El caso es que, al parecer, se espera mucho de la escuela: todos los problemas (droga, violencia, irresponsabilidad, sectas, etc.) se remiten a la educación. Se dice: “es muy importante la educación” o “deben prevenirse estos problemas y evitar su aparición ya desde la escuela”. Muy bien, pero ¿y la sociedad? ¿Es consciente, de verdad, de la importancia de la formación de los niños y jóvenes? ¿Reclama los medios necesarios? ¿Exige y valora por igual el trabajo de los profesionales?

Pensamos que la verdadera educación es aún una utopía, como es una utopía en Occidente una sociedad que quiera, porque sepa, el bien de las personas, en vez de engañarse y distorsionarse con espejismos y vanidades. Por otra parte, también hay motivos para la esperanza: se han producido avances incuestionables en la práctica educativa en nuestro país y en las últimas décadas, la pedagogía teórica ha realizado aportaciones dignas de tenerse en cuenta y en nuestro siglo se han dado significativos ejemplos de lo que podría ser un centro educativo: R. Tagore, en la India, con su escuela Morada de paz, me parece uno de los más hermosos que conozco. Nuestro siglo ha sido pródigo en renovaciones y revoluciones educativas, con sus logros y equivocaciones. Además están los escritos de personas como Ernesto Sábato, Lanza del Vasto, Gandhi, el propio Tagore, etc.

Educar es un arte. Requiere vocación, conocimiento, dedicación, preparación, consciencia, entrega, búsqueda, entusiasmo, paciencia, constancia... ¿Es necesario seguir? En suma, todo un cúmulo de virtudes y cualidades que pueden cifrarse en esa actitud amorosa y despierta, exigente y generosa, pronta a aprender , dispuesta a compartir.

Educar es hermoso. Esencialmente tiene que ver con la inestimable capacidad para orientar, guiar y sugerir: conducir y acompañar en el camino de la vida verdadera, de las experiencias auténticamente reveladoras. Pero también, y al mismo tiempo, se trata de la capacidad para entender al discípulo, descubrir y potenciar sus capacidades, permitirle y proporcionarle los medios para que pueda extraer de sí, por sí mismo y con la ayuda de los demás, todas las virtualidades y potencialidades que cada ser humano encierra.

Educar es difícil. Precisa una dedicación plena: todo el tiempo se está uno preparando para su tarea educativa, todo sirve para la enseñanza. Yo creo que el verdadero maestro, en un sentido cierto, vive para educar y no hace otra cosa, no aspira a hacer nada distinto o más “importante”.

Ahora bien, la sociedad no parece consciente ni de la dificultad, ni de la importancia, ni de la belleza de la tarea educativa. Y creo que es un problema, sobre todo, de conciencia, pues las cosas no se hacen mal a propósito. Si no somos capaces de proporcionar una auténtica educación a los niños y jóvenes es porque realmente no somos capaces: no vemos otros fines, no encontramos los medios y los procedimientos adecuados, no valoramos bien, no evaluamos correctamente los procesos [2], no atisbamos un posible cambio. En suma, no concebimos, globalmente, otra manera más hermosa de vivir o estamos demasiado atrapados en esta.

Un sistema educativo es un reflejo de la sociedad de la que forma parte y la nuestra, con sus logros, parece haber perdido el sentido del Norte y del Centro. Está dejando de creer en (y de vivir de) las verdades y valores del espíritu; se encuentra demasiado orientada a lo exterior, lo pragmático y rentable, lo perecedero, lo insustancial. Así, es fácil decir, sin saber lo que se dice, que “la educación ha de preparar para la vida” o “para insertarse en el mercado laboral”. Palabras que no desmerecerían en la boca de un ministro, que quedan muy bien. Pero ¿es que se trata sin más de adaptarse a lo establecido? ¿Acaso de integrarse como un elemento más en el engranaje socioeconómico? Obviamente no. Educar es preparar para vivir una vida plena, bella, auténtica, rica y personal, comprometida con la ayuda a los demás y la mejora del mundo.

Leyendo hace poco con mis alumnos el célebre diálogo de Sócrates con Calicles, en el Gorgias de Platón, me preguntaba si nuestros jóvenes están preparados para entender que es preferible sufrir la injusticia a cometerla, que el fin de la vida es la honradez, la virtud, la búsqueda apasionada de la verdad para conformarse a ella, el dominio de sí mismo y el cuidado del alma, la interioridad y la armonía (lo que llamamos realización personal y felicidad), cuando lo “fácil” parece ser el interés, el placer desmedido, la falta de respeto, el abuso de poder, el apaño comodón, la imitación o el merodeo oportunista. Y decía Sócrates: “el mayor mal es cometer injusticia y no ser castigado por ello, para poder así redimir la culpa”. Como en la vida pública el mal ejemplo es más notorio, es razonable pensar que los más jóvenes se sientan cuanto menos perplejos si se les presenta el futuro como una carrera de obstáculos y oposiciones. Tendríamos que reflexionar más sobre esto, pues una sociedad que no sea o quiera ser comunitaria y personalista no es una sociedad plenamente humana. Para acabar el ejemplo, diré que, con una ingenuidad y sinceridad conmovedoras, algunos de mis alumnos de 2º de bachillerato (18 años por término medio), mientras les explicaba la ética de Sócrates, Platón y Aristóteles, me preguntaban y se preguntaban con notoria extrañeza si varias de las principales ideas de estos grandes filósofos eran verdad, si había que hacerles caso o no.

Imagine ahora el amable lector esta composición y este diseño: Un centro educativo sencillo pero hermoso arquitectónicamente, emplazado en un lugar tranquilo y lo más bello posible, rodeado de árboles y de alguna fuente; un lugar, ante todo, de convivencia respetuosa y afectuosa, donde el cultivo de la amistad sea norma y objetivo esencial. Un lugar donde no solamente los alumnos van a aprender, sino donde todos están dispuestos a aprender unos de otros (por ejemplo, que después de una clase de física el profesor pueda aprender a cultivar la tierra o practicar con otras personas una actividad manual; o bien que luego de unas clases de Historia o Psicología se pueda ir a escuchar una recitación de poemas o un concierto de música). Un lugar, hemos dicho, para convivir, compartiendo en ocasiones buena parte de la jornada (no valdría esto de la media jornada muy intensa y que termina atragantándose. Pero no hablamos de cantidad de horas, sino de cualidad del tiempo utilizado con flexibilidad): compartir la comida de vez en cuando, realizar excursiones a la naturaleza o participar en veladas para observar las estrellas... Un horario, pues, flexible y abierto, un aprendizaje que sea de verdad significativo y empiece desde el interés y la pasión por conocer y descubrir, por sentir y crear, por percibir y compartir. Esto último, aunque sea ahora muy difícil, es algo que podría fomentarse si las estructuras del sistema educativo no incitaran tanto a un tipo de aprendizaje meritocrático, que clasifica, que uniformiza, que amenaza con el suspenso, en fin, y para terminar pronto, que no anima al alumno a aprender por aprender y para ser mejor.

Nos estamos imaginando un lugar en el que es importante el aprendizaje de las ciencias, las letras y las artes, pero también la educación de la sensibilidad (dibujo y pintura, práctica de instrumentos musicales, así como otras formas de creación artística) y el trabajo con las manos, pues el ser humano es inteligencia, corazón y acción, por decirlo de manera sintética. No habría que olvidar el ejercicio físico en el conjunto de la educación para la salud, que es algo esencial y no un mero apéndice (aprender a alimentarse, a respirar, etc.). Queda lo más importante: la formación ética de la persona, el acercamiento a la sabiduría, el crecimiento del corazón y de la dimensión más honda de nuestro ser: una genuina religiosidad descubierta y vivida por cada uno en libertad y en el respeto por otras formas y tradiciones religiosas, sin sincretismos vacuos pero con la magnanimidad que supone abrirse al otro y valorar lo que tenga de valioso[3].

Ni que decir tiene que no estamos presentando un modelo elitista ni para los americanos. Este tipo de educación debe ser posible para todos, sin que ello suponga, como es natural, obstáculo alguno a la libertad de enseñanza. Puede, seguramente, que esto fuera costoso, pero más costoso me parece que seamos capaces de verlo y de realizarlo, pues ello supondría que vivimos de otra manera y para otra cosa.

También creo que me he pasado imaginando. Pero, puestos a imaginar, imaginemos lo que nos parece mejor, pensando en la integralidad[4] del ser humano y teniendo a la vista lo que las doctrinas sagradas enseñan. Seguramente, cabrían diversos modos de llevar a la práctica una educación total en sus concreciones y esto es interesante y valioso. En el orden de los principios, sin embargo, o mucho nos equivocamos, o hemos esbozado algunos de los aspectos más significativos.



[1]El artículo se titulaba “Latines y anacronismos”. Cito el párrafo del desliz: “Propósitos válidos: lo son la extensión de la instrucción a todos los ciudadanos hasta los 16 años y la consecución de una formación profesional de calidad. Modos y contenidos discutibles: mientras no se demuestre lo contrario, y no se va a demostrar, aprender es una tarea dificultosa, que exige rigor, esfuerzo y dedicación; pero la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE) se inspira en principios neorrousseaunianos que priman el juego (lo lúdico, como se dice con inefable pedantería), la formación, la educación humana (¿qué quiere decir esto?) sobre la instrucción, sobre el aprendizaje de las disciplinas científicas y humanísticas”. Diario El País. El subrayado es nuestro.

[2]Ver por ejemplo el interesantísimo libro de Miguel Ángel Santos Guerra: “La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora”. Ediciones Aljibe, Archidona (Málaga), 1993. Leyendo este libro y escuchando a su autor en una charla que nos dio recientemente a un grupo de profesores, tengo que recordar con añoranza a nuestro amigo Juan Saravia, que tanto empeño puso siempre en mejorar la educación y en que se reflexionase hondamente sobre la misma. Los dos habrían compartido muchas ideas.

[3]Me parece que en este sistema educativo no tendría mucho sentido el que una asignatura tuviera que entrar en selectividad, o que sus notas valieran más o menos para que fuese valorada y apreciada por todos. Pero, en fin, del ideal a lo que hay media un trecho.

[4]Permítasenos la expresión: “integralidad” en vez de “integridad”, que también podría usarse; prefiero la novedad del vocablo. Las leyes educativas (la LOGSE por ejemplo y de modo muy destacado) hablan, por supuesto, de “educación integral”. Lo que pasa es que no explican o explican de modo insuficiente en qué consiste, ni parecen tener clara conciencia, quienes redactan estas leyes, de los medios que habría que poner en práctica para acercarnos a conseguirla.

Conocimiento y espiritualidad. Un esbozo

 

Es cierto: amamos el conocimiento porque amamos la vida. Y es posible que no estemos del todo acostumbrados a vivir, pero hemos nacido para amar y para intentar ser felices. Ojalá la felicidad fuera algo inevitable para todos nosotros, como se pone en boca de Yudhistira, en el Mahabharata indio. Encontrar sentido al sufrimiento, al inmenso sufrimiento de tantos seres humanos, este es un verdadero problema para los filósofos.

 

“El que ame su vida la perderá, y el que pierda por mí su vida la hallará”. Palabras enigmáticas y difíciles, extrañamente hermosas, si bien es cierto que el mayor amor se muestra en la entrega de la propia vida: “Vivimos para entregar la vida, / otra razón no hay”, rezan los versos de Rumi. Nosotros las vemos relacionadas con la purificación y con el desprendimiento que nos alejan del hombre exterior, del viejo hombre; con la superación del ego, que no es lo mismo que la pérdida del yo personal. Dios no quiere nuestra aniquilación, sino nuestra transformación. En efecto, “el hombre es el ser que padece su propia transcendencia” (María Zambrano).

 

Conocemos para vivir más plenamente, aunque no puede olvidarse una objeción. Aquella del sabio hebreo que anuncia que en mucha ciencia hay aflicción y que aumenta sus padecimientos quien aumenta sus conocimientos. Sin necesidad de un sentimiento trágico, schopenhaueriano o excesivamente órfico de la vida, es cierto que aquí aprendemos muchas veces padeciendo (como enseña la tragedia griega) y está escrito: por la paciencia conquistaremos nuestra alma.

 

Hay algo de locura en el amor y el también algo de cordura en la locura, escribió Nietzsche, aquel filósofo que no entendía se pudiera despreciar esta vida en aras de otra vida por venir. Bien entendido que hablamos del delirio, de la theia manía, del entusiasmo divino -valga la redundancia-, de esa pizca de locura sin la cual no es posible entrar en el palacio de la sabiduría (W. Blake).

 

Pero sabemos que la sabiduría no consiste en la erudición (Heráclito). De ahí la necesidad o conveniencia de aprender el arte del desaprender, necesario vacío de lo que implican las palabras y las ideas para llegar al centro silencioso y sereno; o de la noche oscura, que purifica el espíritu -y no sólo en sentido-, los descensos a los ínferos; en fin, la pobreza de espíritu que a la que pertenece (o que atrae) el Reino de los cielos. Es bien sabido, la purgación (la obra al negro, en lenguaje alquímico) precede a la iluminación y a la unión.

 

Entonces, ¿qué conocimiento? Ante todo, el de que una sola cosa que es necesaria. Ésa en cuyo amor consiste la verdadera pureza del corazón (Kierkegaard). Es sabio el que conoce de veras esa única cosa, ese tesoro escondido, esa perla preciosa, esa chispa divina increada (Eckhart), don del amor donde de veras vivimos y somos. Otra cosa no han enseñado los sabios, si entendemos la sabiduría como el arte de vivir una vida plena y hermosa.

 

Conocimiento que se busca, que no se escribe, que se aprende y se guarda en el corazón... que está hecho de pasividad y actividad, como dos y bien distintos son los intelectos del mismo nombre que nos integran. Conocimiento que se pasma, en su misma certidumbre, del milagro de la vida y del prodigio (misterio en el misterio) de la posible divinización del ser. Por eso, doctrinarios y dogmáticos alejan al espíritu; meros teólogos o moralistas (válidos en su nivel) no pueden comprender lo que escapa a la razón, ni aquello que dice el místico de que para el justo no hay ley. Tampoco entienden muchas veces que la ley se hace o revela para el hombre y que Dios es un Dios de vida.

 

Conocer para nacer, para renacer, para ir en pos de ese segundo nacimiento que sabe a fuego del espíritu, ese que hace libre, ese que sabe a gloria porque su llama consume, pero no quema. Conocer para asimilar y asimilarse a la realidad cosmoteándrica (R. Pánikkar) pero no para apoderarse de ella (¡es imposible!), sino para buscarle un sentido y afirmarla.

 

Y nosotros la afirmamos como misterio, de modo análogo a esa realidad última que es su fundamento (theos) y su aliento, su centro invisible. Conocer, en sentido iniciático, debiera ser pues, también, un ahondar en lo insondable, un dar vueltas sobre lo inefable, un caminar sobre las aguas, un paso “en falso” allí donde no se hace pie… Y no quisiera que se entienda esto como una huida hacia delante, como una caída en el irracionalismo, sino como un límite necesario a toda pretensión que acaba siendo escolástica por confiar demasiado en la humana inteligencia. Por eso, en el océano del Misterio, la única lámpara que nos sirve es la fe.

 

De impresionante manera se nos muestra esta idea en la forma como, en sus últimos escritos, poco antes de morir "prematuramente", sor Isabel de la Trinidad alude a este abismarse en la divinidad, que reside en el fondo del alma, conforme a las enseñanzas de sus maestros Ruysbroec y Juan de la Cruz. Valgan estos ejemplos: “descender cada día por este sendero del abismo que es Dios. Dejémonos deslizar por esta pendiente con una confianza toda llena de amor”… y citando a Ruysbroec: “Sucede este fenómeno: es Dios quien en el fondo de nosotros recibe a Dios que viene a nosotros, y ¡Dios contempla a Dios!, Dios en quien consiste la bienaventuranza”. Y esa donación o autodonación de Dios es “una llegada incesante, una generación que no merma”. Como no merma el ascenso-descenso del abismamiento que es un verdadero retorno al Origen, recordando esta idea tan cara a Lao Tsé y que es susceptible de una interpretación cristiana o que se puede asumir desde esta perspectiva. En suma, experiencia abisal, que nos permite vislumbrar la vida en el presente eterno (otra idea tan esencial en el Maestro Eckhart), allí donde se encuentran el tiempo y la eternidad[1].

 

Es claro, pues, que pensamos en un conocimiento no meramente acumulativo o “intelectual”, sino que nos transforme. Ese conocimiento que va tan íntimamente unido al ser, que sabe de lo que habla y habla de lo que sabe porque lo ha experimentado y vivido.

 

Mística especulativa significa que, desde la fuente y el claro que supone la vivencia de amor y transformación, desde esa perspectiva a un tiempo abisal y humana, profundamente humana, se intenta progresar hacia un conocimiento de Dios (teosofía) y de lo real (ontología, en el mejor sentido de esta clásica e ilustre palabra).

 

Inútil e infecunda me parece, por tanto, la distinción que contrapone, subordina o separa mística de intelecto (así en René Guénon y sus seguidores) y que llega, acaso en un extremo de ceguera propiciado por la excesiva claridad del saber, a valorar y estimar más la tinta de los sabios que la sangre de los mártires. Desde luego que la tinta y la sangre no tienen por qué ser comparadas ni entrar en conflicto, que multiformes son los dones de lo alto y pretenden la unidad. Además, se ha sugerido que quien es capaz de escribir con su propia sangre se dará cuenta de que la sangre es también espíritu (Nietzsche). La mística especulativa (Eckhart, Plotino, el Pseudo-Dionisio, Rumi, Böhme, Swedenborg…) me parece que zanja este conflicto entre “intelectuales” y “cordiales”. Quien sea más cristiano apreciará seguro a S. Buenaventura, Guillermo de Saint-Thierry o Bernardo de Claraval, en quien por cierto aparece esa fórmula preciosa del “ojo del corazón”, tan grata a los sufíes, para referirse al órgano del conocimiento.

 

 Termino con una anécdota. No es literal, pero refiero bien la idea:

 

 Los discípulos del llamado S. Dionisio (o el Pseudo-Dionisio Areopagita) le preguntaron al maestro quién le entendía mejor, a quién estimaba como el mejor de sus discípulos o al más adecuado para sucederle. La respuesta no se hizo esperar:

 

-“Atanasio” [es un decir; el nombre no lo recuerdo].

-“¿Atanasio? No es el más inteligente, ni el que posee más conocimientos… ¿Por qué Atanasio?”.

-“Porque él experimenta a Dios”.

 

Esa experiencia de Dios que, bien entendida, nos parece la meta de todo conocimiento y el criterio o la clave de un discernimiento espiritual capaz de unir conocimiento y vida, capaz de buscar en el conocimiento lo que nos dé vida, porque pone aquél al servicio de ésta, ya que se vive para la auténtica filosofía. Así no puede haber escisión y se encuentra la luz que puede dar sentido y dirección a los anhelos y a la esperanza humana, la guía que armonice el fuego y el calor del corazón y de todas las potencias genuinamente humanas, pues, para decirlo con frase de María Zambrano, “nada de lo real ha de ser humillado”. Sí amado y comprendido, elevado, sanado o trascendido, vinculado a su centro y a su origen.



[1] Los textos y el conocimiento de Isabel de la Trinidad los debo a la generosidad de mi amigo el padre carmelita descalzo Enrique Lassa, autor de un precioso escrito, aún en prensa, que me ha facilitado y que se titula Sor Isabel o la ruta del amor, donde efectúa un paralelismo entre los escritos de la santa y las reflexiones sobre los diez grados de amor que Juan de la cruz expone en los capítulos 19 y 20 del libro II de la Noche oscura del alma. A propósito de lo que estábamos hablando escribe el P. Enrique:

“No tarda Isabel de la Trinidad en descubrir que su vivencia del infinito de Dios que la habita es la de no tocar nunca fondo, de ahí su traducción de dicha vivencia -que reitera una y otra vez como un estribillo incansablemente repetido- como un inacabable abismarse en el abismo asimismo inacabable de Dios, abismo u océano -traducirá en otras ocasiones- que tanto abarca cuanto penetra a quien en él se sumerge, que eso es la contemplación como carisma que Isabel recibe y ejercita, ejercicio de amor que no necesita -ni puede- formularse adecuadamente en conceptos o palabras, puesto que le basta, simplemente, la conciencia lúcida de la presencia real del Padre, del Hijo y del Espíritu, presencia informulable por ser por sí misma inefable. La contemplación, más que para ser formulada, está para ser vivida. No obstante, el teólogo Tomás de Aquino aventuró una formulación que para el profano o inexperto pudiera sonar como la explicación que se diera a un ciego de nacimiento sobre el azul del firmamento, el verde de los prados o el rojo del ocaso, pero que, sin embargo, y a falta de la experiencia vivida, contiene la verdad fundamental que un teórico puede expresar aun sin poseer dicha experiencia y que un contemplativo experimenta aunque ignore la teoría: es -dijo- la consecuencia o efecto de la caridad teologal que actúa mediante el don de sabiduría, esa sabiduría que -siempre según el mismo Tomás de Aquino- es conocimiento de Dios como por connaturalidad, ese que se genera en el amor compartido y que produce tal connaturalizad al colocar a los amantes en el mismo plano de igualdad. “A vosotros ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn. 15, 15). Si no puede decirse que todos los amigos de Dios reciben el don de la contemplación, sí puede decirse que todos los contemplativos experimentan la amistad con Él. Juan de la Cruz relaciona asimismo ese conocimiento de Dios no conceptual, sino sapiencial, con el amor -la amistad de que habla Jesús en el texto citado- cuando escribe de “la sabiduría mística, la cual es por amor” (CE. Pról. 2), afirmación reiterada, como cuando afirma que “Nunca da Dios sabiduría mística sin amor, pues el mismo amor la infunde” (II N. 12, 2). Pareciera, según eso, que el conocimiento contemplativo de Dios invierte la dinámica del simple conocimiento mental, según el cual –tal como afirmaba la escolástica- nada puede ser deseado o amado sin que previamente haya sido conocido, puesto que en la contemplación es el amor deseante de Dios el que genera el conocimiento sapiencial”.

 

Sobre la teosofía del zapatero de Görlitz

Como es mi primer artículo en un blog que acabo de iniciar, se lo dedicaré al filósofo del que he tomado mi nombre o pseudónimo: Jacob Böhme, el genial pensador-visionario alemán que vivió entre 1575 y 1624.

Bueno, no es el tipo de artículo que el teósofo se merecería, pero por algo se empieza.

 

Filósofo alemán nacido en Altseidenberg, en el distrito de Görlitz, junto a la frontera de Boehmia. Llamado por Hegel el ''filósofo teutónico'', su ''teosofía'' tuvo importante influencia en la filosofía del romanticismo alemán; no es de desdeñar su influencia en países como Inglaterra, Holanda y Francia.

Autor de difícil lectura, por emplear un lenguaje más simbólico y figurativo que puramente conceptual, es poco y mal conocido en el ámbito hispanoamericano, entre otras cosas por las deplorables traducciones en que se han vertido algunas de sus obras. En seguida hay que decir que constituye una honrosa excepción a esto que decimos la traducción de Agustín Andréu del primer libro de Böhme, ''Aurora'', realizada en la editorial Alfaguara en 1979. El único libro, que conozcamos, en español lo escribió el profesor Isidoro Reguera. Se trata de un libro original, documentado, bien escrito y muy sugerente por la pasión e inteligencia que el autor pone en su trabajo; sin duda constituye un punto de vista personal, discutible en algunas interpretaciones, pero valioso.

Entre las principales obras de Boehme, además de ''Aurora'', podemos citar: ''Sobre los tres principios de la esencia divina'', ''La triple vida del hombre'', ''Misterium magnum'', ''De signatura rerum'' o ''El camino hacia Cristo''.

Como toda ''teosofía'', Böehme intenta ahondar en el conocimiento de Dios a la luz de una inteligencia superior, iluminada o inspirada. Cristiano sincero, se apoya en la Escritura, pero no separa a Dios de la naturaleza, donde encuentra un reflejo de lo que llamará la ''naturaleza eterna'' o primera ''emanación'' o manifestación de Dios.

De alguna manera ''Dios'' (que no la ''pura divinidad'' o ''Nada'' -esto es importante-) se hace creatural y toma cuerpo en la naturaleza creada, pues todo lo que existe ha surgido de los 7 ''espíritus manantiales'' de Dios.

Y en todo lo creado operan dos fuerzas contrarias, cólerica una, dulce y luminosa la otra. De esa lucha incesante se genera la vida, más o menos al modo heracliteano. Y esa lucha plantea en nosotros la elección decisiva.

Qué duda cabe de que uno de los problemas esenciales de esta filosofía o ''teosofía'' es el del origen del mal, problema que agobió al joven filósofo zapatero, sumido en depresiones hasta que tuvo una célebre visión en el año 1600: vislumbró en el reflejo de la luz en el fondo de una vasija de estaño el centro o fondo de la naturaleza y dijo aprender más en esos instantes que en años de estudio en universidades. Doce años necesito para asimilar y expresar por escrito la experiencia originaria.

Especialmente preocupado por defender la libertad humana, frente a la doctrina de la predestinación, por ver a Dios en la naturaleza y no en los libros, por la regeneración espiritual e integral del hombre, fue considerado hereje ya en su tiempo por los luteranos pero tuvo discípulos entre personas influyentes o acomodadas y no cesó de censurar a su modo a la que llamaba iglesia del Anticristo.

Hombre de pocos estudios pero que leyó a Paracelso y Schwenckfeld, cristiano piadoso y sincero, aficionado a la alquimia y la cábala, con un estilo torrencial no apto para lógicos ni analistas del lenguaje ordinario, visionario, el ''filósofo zapatero'', realizando el oficio que según la tradición también fuera el de Enoc, constituye un reto y un enigma para la historia de las ideas y es de indudable atractivo, pese a su dificultad, para todos los que busquen recuperar la palabra perdida, acaso aquel ''lenguaje natural'' que nos permita el acceso al corazón de las cosas.