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Boehmiano. En pos de la sabiduría, como arte de vivir

¿Todo es uno?

No sin ciertas dudas recupero aquí un antiguo escrito mío sobre la presunta unidad de todo, sobre el problema del mal y sobre Heráclito. Hoy creo que lo escribiría de otra manera, pero suscribiendo lo esencial. Tiene claro sabor cristiano y puede ser leído, me parece, también con otros matices y desde otras sensibilidades. Es crítico, eso sí, con cierta forma de gnosis o con cierta manera de entender la gnosis. Está dedicado a mi hijo Manuel, cuando cumplió su segunda semana de vida, y confío en que sirva un poco para plantear dudas o reflexiones sobre un tema tan difícil.

Para mí es también una manera de asumir mi pasado y de seguir pensando... Aquí va:

 

     En un artículo anterior de Sol Negro, sobre la sabiduría, comentaba la frase de Heráclito que afirma que “es sabio reconocer que todo es uno”[i]. Idea esta que es bastante común, con algunos matices, en pensadores u hombres de conocimiento de diversas tradiciones espirituales, intelectuales y más o menos gnósticas[ii].

     ¿Es eso verdad? ¿Todas las cosas son una? ¿Del Uno proviene todo y a él todo retorna? ¿Tiene razón Hegel, sin olvidar su dialéctica, por poner un ejemplo ilustre?[iii] ¿Es posible situarse más allá de la diferencia entre el bien y el mal (Nietzsche)?[iv].

     “Dios (o el Uno) es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, saciedad y hambre”, dice Heráclito (cf. frag. 67). Algunos se han atrevido a añadir: Luz y Sombra. Es el dualismo gnóstico, aunque pretenda hacer de esa dualidad una unidad.

     Continúa nuestro profundo filósofo: “Para Dios todas las cosas son hermosas, buenas y justas; pero los hombres consideran ciertas cosas justas y otras injustas” (fragmento 102).

     Este último fragmento puede ayudarnos para buscar la clave para una justa comprensión. Yo, pese a todo, tengo a Heráclito por bastante sabio y no estoy seguro de que sea “monista”, pero menos aún “panteísta”. No es fácil saberlo[v].

     De Dios como “coincidentia oppossitorum” (Nicolás de Cusa), de Dios desde un punto de vista filosófico, me gustaría escribir otro día (sólo alguien “un poco insensato” puede hacer tal cosa). Aquí nos ocupa este problema: ¿es verdad que “el Uno nace de todas las cosas y todas las cosas nacen del Uno”? (frag. 10). ¿Es verdad que todo está bien, como al parecer dijo Unamuno -y pudo, qué duda cabe, decirlo en muy otro sentido que compartiríamos-, momentos antes de morir?

     Sólo Dios lo sabe y sólo El puede decirlo. No espere el amable lector (paciente además con tanta nota al final) una respuesta mía a este interrogante.

     La “tentación” de la inteligencia que aún no ha retornado al origen es reducirlo “todo” a la “unidad” del concepto. Agarrar, coger, apretar y estrujar esa realidad-misterio, surgida del Centro que nos envuelve, que somos, en el que somos, pero con el que aún no nos hemos unido. Por cierto, que esta actitud tan “lógica” me parece solidaria del empeño moderno de conocer la naturaleza para dominarla, con el subsiguiente desencantamiento y deterioro del mundo.

     Quizás sea de algún modo cierto que para Dios todo esté bien, que el mal no exista como algo absoluto o, por decirlo de otra manera, que El no vea el mal. Dios no conocería el mal, si es verdad lo que dice Santo Tomás de Aquino: que Dios es lo que conoce[vi]. Pero estas afirmaciones, al situarse en el ámbito de la teología afirmativa (lo que “puede” decirse de Dios), deben ser trascendidas: es más profunda la teología negativa (la que concibe a Dios como “Nada”, “Abismo”, “Sobre-ser”; distinto de todo cuanto existe, aun cuando haya un misterioso vínculo entre Creador y Creación). Incluso la propia pareja “teología afirmativa-teología negativa” debe ser trascendida.

     La razón nos pone en estos aprietos. Consecuencia: desconfiar de la razón como instancia última. Confiar más bien en el Intelecto, una Luz más transparente, más cálida, más cordial y espiritual, una intuición “inocente”, pura, pues que ve sólo aquello que ha nacido en ella, aquello que le ha sido dado y, sobre todo y en modo perfecto, aquello que es. Sería precisa aquí una especie de “castidad ontológica” referida al conocimiento: no querer “tocarlo todo”, manipularlo todo, “comprenderlo” todo. Y esto, paradoja, no es incompatible, sino todo lo contrario, con el deseo de sabiduría, de conocimiento pleno.

     En este mundo aún no vemos; no podemos ver ni aceptar que todo sea uno. A menos que pretendamos ser, no ya dioses, sino el mismo Dios “que todo lo juzga”. El hombre no es la medida de todas las cosas (Protágoras). Dios es la medida de todas las cosas (Platón).

     En este mundo sí podemos ver que todo tiene un sentido más alto, sobrenatural o divino, que apunta a un futuro nuevo. Por eso el mal, incluso el mal radical que es el de que hablamos, no posee plena entidad, no prevalecerá. Por eso también puede el santo amar a sus enemigos. ¿Dónde está el enemigo? ¿Quién es? Algo o alguien que ya, finalmente, no puede hacernos verdadero daño.

     Es, en efecto, cierto: omnia vincit veritas (la verdad vence a todo, todo lo puede). También lo es que Dios será todo (uno) en todas las cosas, como lo escribiera San Pablo.



[i]Cf. el frag. 50: El Logos nos hace reconocer que todo es uno.

     Heráclito de Éfeso, uno de los principales filósofos presocráticos. Tenía fama de oscuro, difícil de entender, pues a la profundidad de su pensamiento habría que añadir su afición a los símbolos (“El maestro cuyo oráculo está en Delfos no dice ni oculta nada, sino que solamente significa”, afirma el frag. 93). Como de los demás presocráticos, sólo conservamos fragmentos y citas de autores antiguos. Platón también aprendió con un discípulo de Heráclito (Cratilo), pero parece que prefirió la doctrina de Parménides y los Pitagóricos. Los fragmentos que se citen sueltos corresponden a este filósofo, según una numeración ya clásica.

[ii]De este modo, se trata de intentar superar intelectualmente toda dualidad. La inteligencia tiende a la unidad, como el propio ser humano. Pero la inteligencia también tiende a la muerte (lo dice Unamuno y lo vio Platón) y para llegar a la verdad, para llegar a la unidad, a la unión, hay que saber morir primero a sí mismo.

     Dice Tomás de Kempis: “Aquel para quien todas las cosas sean una sola cosa y todas las reduzca a una, y todo lo vea en una sola, podrá vivir con firmeza de corazón y permanecer en paz con Dios”.

     El problema de cierta gnosis, en mi opinión, radica en el modo como afirman que “el mal forma parte del orden del todo”, o incluso que en Dios hay un aspecto oscuro y maligno (así, en la cábala. Ver, por ejemplo, al respecto el interesante e inquietante estudio de G. Scholem: “El bien y el mal en la cábala”, publicado en Eranos Jahrbuch en 1961 y que forma parte del libro: “Arquetipos y símbolos colectivos. Círculo Eranos Y”, editorial Anthropos, 1994, pp. 97-133.

     Hay que hilar muy fino en todo esto para no hacer del mal o la caída algo necesario (esto último, aparece por ejemplo en algunos escritos de un autor tan importante para los estudios tradicionales como Frithjof Schuon).

     Por otra parte, hacer simétricos al bien y al mal no sólo no es hilar fino, sino mostrar una rudeza intelectual considerable.

[iii]Platón ya escribió con enorme convicción que Dios (el Uno) no es, como muchos creen, causa “de todas las cosas”, sino sólo de las cosas buenas y bellas. En la República puede leerse esto, justo antes de su crítica a Homero y otros poetas que transmitían los mitos.

     Hegel es demasiado complicado para despacharlo en una nota. Pero creo que en él aparecen claros estos aspectos gnósticos que rechazamos. Así, por ejemplo, en sus lecciones de Filosofía de la Historia, acaba justificando las guerras y la destrucción como algo necesario y aceptable racionalmente. Su racionalismo o intelectualismo exacerbado, que pretende estar por encima de todo y comprenderlo todo, me parece un tan ilustre como indeseable ejemplo del “prometeísmo filosófico” que yerra el camino o que no traza un camino del todo recto, que mezcla grandes verdades con algunos errores.

[iv]En Nietzsche el problema es otro: su incomprensión del cristianismo, al no saber o querer disociarlo de sus formas decadentes (moral puritana, burguesa, etc.), le lleva a una visión del mundo y de la vida más o menos rica, pero en la que ambos -mundo y vida- quedan reducidos a sí mismos. En Nietzsche me parece ver cómo el espíritu se enfrenta consigo mismo: spiritus contra spiritum. Recomiendo al lector los escritos de María Zambrano sobre este filósofo alemán (se encuentran, por ejemplo en “El hombre y lo divino”, ediciones de F.C.E. y Siruela).

[v]El panteísmo es, en apariencia, lo más parecido -pero, en el fondo y a mi entender, lo más alejado- a la verdad, que sería una unión sin confusión, última y sobrenatural, de Dios y el mundo. Si pudiésemos situarnos en el plano divino se resolvería el problema, pero aquí, en este mundo (y en estos tiempos) nuestra visión es más confusa.

[vi]Para Santo Tomás, en Dios todo es uno: no hay en El distinción real entre su ser, su esencia, su existencia o sus atributos: su ser es su conocer, así como son El mismo su voluntad o su acción creadora, el acto de crear el Universo, tanto lo manifestado como lo no manifestado.

 

 

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