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Sabiduría
El 22 de Mayo de 2008 tuve que dar una conferencia en Cartagena, con motivo de un premio de ensayo juvenil. Su título era: "Filosofía y sabiduría. Entre Oriente y Occidente". La conferencia no la leí, preferí improvisarla. Pero el texto escrito, que se ha publicado en el nº 8 de la revista Espinosa (de la Soc. de Filosofía de la Región de Murcia), también de 2008, era este que ahora afrezco al amable y paciente lector:
“Vivimos en la corteza de la realidad y raramente alcanzamos su núcleo...
Ningún hecho acontecido en el mundo permanece aislado de su contexto universal...
El misterio no está lejos de nosotros, sino que nos envuelve”,
pues “el mundo no subsiste sino por el secreto” (Cf. Zohar, 3, 128).
Estas enigmáticas palabras del Libro del Esplendor, texto de capital importancia en la tradición mística judía, escrito en la España del final de la Edad Media, más que introducir a nuestro tema de reflexión, prefiguran su epílogo.
Si fuera cierto que los que saben no hablan y que los que hablan no saben, y fuera aún más cierto que de lo que no se puede hablar (el misterio) más vale guardar silencio, entonces un genuino discurso metafísico tendría que abarcar muy pocos renglones.
Con frecuencia encontramos, en los diferentes Diálogos de Platón, la expresión: “las cosas bellas son difíciles”. Y antes que él, Heráclito de Éfeso, uno de primeros filósofos griegos, afirmaba de manera similar, pues aludía a la búsqueda del verdadero conocimiento, que “los que buscan oro cavan mucho y encuentran poco” (cf. frag. 22). Pues bien, es algo ciertamente hermoso, pero no menos problemático, lo quisiera proponer ahora a su atención y consideración: qué podemos entender hoy por sabiduría.
El título de esta breve conferencia requiere, más que una justificación, una disculpa[1]. Bien cierto que los más románticos o los más idealistas pueden (o podemos) seguir pensando en un diálogo fructífero, en un acercamiento, en una colaboración entre Oriente y Occidente. Ahora bien, mi más sincera disculpa ante ustedes es por el atrevimiento de hablar de un tema (la sabiduría) que obviamente supera con creces mis posibilidades de comprensión, discernimiento y exposición.
Me consuela recordar las palabras de Santo Tomás de Aquino, quien afirmaba que la inexactitud respecto de las más elevadas cuestiones es ciertamente preferible a la precisión acerca de asuntos de poca importancia.
De todos modos me atrevo a decirles que puede que me haya encontrado con dos sabios en mi vida (otros me habrán pasado desapercibidos, por mi torpeza): uno, muy instruido, tenía una risa portentosa y un gran sentido del humor (de Jacob Boehme, autor por el que siento predilección, me dijo textualmente y entre enormes carcajadas que era “un grandísimo hereje”). El otro, carente de estudios, tenía una mirada extraordinaria, acorde con su nombre (Lucio), un sentimiento algo órfico de la vida y me enseñó, durante la única hora que compartimos, en medio de la sierra del Urbión, entre Covaleda y Duruelo (Soria), que los antiguos “todo lo hacían de corazón”. Han pasado muchos años y no olvido a estas dos personas, ni las circunstancias que rodearon su encuentro.
Hablaremos, pues, de la sabiduría con temor y temblor, sin dogmatismos, sin certezas absolutas, como alguien que indaga o que va de camino, como quien busca. Recuerdo ahora una conferencia del profesor Isidoro Reguera, una conferencia precisamente sobre Schopenhauer, que viene al caso, y aquí será citado, por realizar una original simbiosis entre Platón y Kant, de un lado (filosofía occidental) y Buda y el Vedânta, de otro (filosofía oriental). Pues bien, preguntado por una joven al final de su exposición acerca de si creía o no en un Dios personal, el profesor le contestó rotundamente que no, pero añadió, con igual fuerza y sinceridad, al cabo de un instante: “¡pero le busco!”.
La sabiduría es esa ciencia, ese saber que se busca, como ya dijera Aristóteles, para quien toda virtud, ya sea intelectual o moral se resume últimamente en la sabiduría: bien aquella que es la unión de la ciencia, del saber demostrativo, y de la intuición de los primeros principios, bien ésta otra que llamamos sabiduría práctica y que también conocemos con el hombre de prudencia.
El filósofo, normalmente, cuando oye hablar de sabiduría se pone en guardia; mira al conferenciante o al interlocutor con una mezcla de curiosidad y recelo. Está justificada esta sospecha, como tendremos ocasión de esbozar aquí.
La filosofía es como una llama que enciende otra llama, es pasión por el conocimiento. Como alguien dijo: “¡aquel que ha sido condenado o tocado por Dios para ser filósofo!”. Implica esa ardua, enorme tarea del pensar, de pensar con radicalidad, honestamente, abiertamente, tensando el lenguaje tanto más cuanto que no se puede disponer de la exactitud y fiabilidad de otras ciencias (proverbialmente la matemática, la ciencia más simple, en palabras de Ernesto Sábato). Alfred North Whitehead lo dijo bellamente al indicar que “la filosofía es el intento de expresar la infinitud del universo con los términos limitados del lenguaje”. Cuando algunos, como el profesor alemán Reinhard Lauth, definen la filosofía como aquella actividad espiritual y libre que aspira al conocimiento acabado, completo o sistemático, de los principios del todo de la realidad, de la realidad globalmente considerada, nosotros pensamos que apunta demasiado alto. Es verdad que habla sólo de aspiración y no del cumplimiento (éste último tendría que ver más con la sabiduría, en todo caso). Pero además ¿toda la realidad se deja abarcar y sistematizar conceptualmente? ¿Es lo real reductible a cualquier forma de homogenización?
La filosofía tiene muchos usos, se ocupa de muchas cosas, es enormemente rica y multiforme. Hay una filosofía de la biología, de la economía, de la cultura, de la política, de la religión, de la ciencia... de todo aquello que interesa y concierne al ser humano. ¿Por qué no puede haber una filosofía de la sabiduría? En rigor, no existe la filosofía, sino muchas filosofías y muchos filósofos. Y, si hacemos caso a Fichte, el gran idealista alemán de principios del siglo XIX, “todos los filósofos tienen razón en lo que afirman, mas se equivocan en lo que niegan”. El primero de ellos, mejor dicho el que primero se autodenominó filósofo (Pitágoras) ya quiso, por modestia o lo que fuera, distinguirse de los sabios.
Una distinción, que nos parece importante, se impone desde el principio: la sabiduría (sofía) no ha de confundirse con erudición, con conocer muchas cosas (polymathia). Lo avisaba Heráclito[2]. Ahora bien, el filósofo es ávido sabiduría, como magistral e insuperablemente lo describe Platón en el conocido pasaje del Banquete, donde lo asocia al Eros, al daimon o ángel del Amor, si tal comparación se nos permite:
De alguna manera es “pobre”, “duro y seco”, “descalzo y sin casa”, “compañero inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre” [Penia, la Pobreza]. “Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre [Poros, que representa la Abundancia]. Mas lo que consigue –continúa Platón- siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia. Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar” (Simp., 203, c – 204 a).
Hay un proverbio turco, que parece un trabalenguas, que juega con las combinaciones entre saber y no saber. Que hay gran diferencia entre saber que no se sabe (la sensatez de Sócrates, la docta ignorancia de Cusa y tantos otros) y creer saber lo que se ignora. El proverbio viene a decir:
“El que sabe y no sabe que sabe, está dormido. Hay que despertarle.
El que no sabe y sabe que no sabe es un ignorante. Tenemos que instruirle.
El que no sabe y no sabe que no sabe es un necio. Mejor ignorarle.
Pero el que sabe y sabe que sabe, es un sabio. Conviene seguirle”.
¿Y qué sabe el sabio? Se sabe a sí mismo, conoce su alma y, por ello, al universo y a los dioses. Lo que implica una forma de cordura que parte del sentido común y culmina en la percepción de la especificidad y la singularidad. Recordamos ahora un bello relato jasídico, que recoge Martin Buber:
“Rabí Pinjás citaba a menudo las palabras: «El alma del hombre le enseñará»[3], y las subrayaba agregando: «No existe hombre que no sea incesantemente instruido por su alma».
Uno de sus discípulos preguntó: «Si eso es así, ¿por qué los hombres no obedecen a su alma?».
«El alma enseña constantemente» -explicó rabí Pinjás-, «pero no se repite jamás»”.
También podemos evocar aquellas palabras de Lao Tsé: cuando personas sensatas y prudentes oyen hablar del tao, afinan el oído y ponen en práctica lo que escuchan; cuando personas en parte instruidas, en parte ignorantes, oyen hablar del tao, sólo parcialmente comprenden y a medias lo viven; cuando los necios oyen hablar del tao, se ríen a carcajadas. Esta risa no afecta al tao; no puede ser de otra manera. La sabiduría a veces parece locura. Igual que lo mejor es enemigo de lo bueno, la altura o profundidad producen vértigo. Quizás por ello el poeta William Blake escribiera que no se entra al palacio de la sabiduría sin una pizca de locura. Esa locura divina o theia mania, que se nos describe en el Fedro platónico, propia de los hombres daimónicos, que experimentan o reciben los cuatro dones: la inspiración, la adivinación, la capacidad de sanar y la capacidad de querer.
María Zambrano escribió de manera honda y sugerente, en un importante capítulo de su libro El hombre y lo divino, acerca de la condenación aristotélica de los Pitagóricos. (Sabemos que Platón alude frecuentemente a estos filósofos llamándoles sabios). Vendría a cerrarse así, con el dictamen del estagirita, el camino a una manera de pensar cercana a la música, a la poesía y a la religión. Es bien sabido que Aristóteles no gustaba de las metáforas de su maestro, ni tampoco, seguramente, de su excesivo misticismo. De todos modos, para ser justos, no olvidemos que quien, en su Ética a Nicómaco, escribiera que “hay algo divino en todas las cosas”, afirmó también en cierta ocasión, como recuerda Carlos García Gual, que conforme se iba haciendo viejo estimaba también más los antiguos mitos.
Bueno será ya, para no alargarnos, intentar un esbozo de lo que pudiera ser una persona sabia, de lo que acaso acompañe y caracterice a esta cualidad.
En primer lugar, decir que entendemos la sabiduría como el arte de vivir, lo que la asociaría con el amor a la vida. Vivir es la tarea del ser humano en este mundo (Hörderlin). Es verdad, amamos el conocimiento y amamos la investigación porque amamos la vida y queremos ser con nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco (Aristóteles). Para intentar hacer de la vida algo hermoso, con sencillez, sin mayores pretensiones, mas con la determinación firme de perseguir la realización propia y el beneficio de los demás. “Vivimos para entregar la vida –escribe Rumi-, otra razón no hay”. Amor a la vida que procura llevarse bien con la vida misma, “estar bien con la vida”, como viene a sugerirnos Nietzsche cuando comenta su idea del eterno retorno. A pesar de todo, pues la vida también consiste en aprender padeciendo, verdad esencial en la tragedia griega.
Ahora bien, y no se extrañen, el sabio no tiene miedo a la muerte, porque la muerte no es nada para los que la conocen. Que vida y muerte están hermanadas y que la una nace de la otra (Heráclito). El final de la Ética de Spinoza creemos que apunta en la misma dirección: el hombre libre no piensa en la muerte. Epicuro lo decía de otra manera, también sensata. Recuerdo ahora aquel relato, seguramente jasídico (el Jasidismo fue un movimiento espiritual muy significativo entre los judíos de la Europa oriental durante el siglo XVIII), en el que un anciano rabino pregunta a un niño que camina con una vela: “¿De dónde viene esa luz?” el niño le mira un momento a los ojos, apaga la vela de un soplo y le contesta: “Dime tú adónde se ha ido y te diré de dónde vino”.
Les invito a que vean el último de los sueños de Akira Kurosawa, el octavo, en la película del mismo nombre. Allí se nos propone una mirada sobre la vida y la muerte (así como una reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza) que dista mucho de ser la que hoy prevalece en Occidente.
La vida es eterna y el que lo sabe, que no se identifica necesariamente con su individualidad, acepte o no acepte la transmigración (curiosamente el budismo la afirma negando al mismo tiempo que exista un sujeto de la misma), contempla tranquilo el curso de las cosas, sus cíclicas transformaciones, más allá del miedo, más allá incluso de la humana esperanza.
El mundo, como la rosa del poeta, es sin porqué; su fundamento es sin porqué. Tal vez por eso, muchos son capaces de amar aún sin saber de dónde venimos ni adónde vamos. El misterio, en efecto, no es cómo el mundo sea, sino que sea (Wittgenstein).
Sabe el sabio dotar de sentido a las cosas. Esta es una característica que nos parece esencial. Sabe que necesitamos sentirnos bien, sentirnos queridos, sentir elevación en nuestras vidas. Jung, el principal discípulo de Freud, solía referirse a la relación entre el alcohol y el espíritu. Spiritus, etimológicamente, significa tanto la droga dañina cuanto la experiencia más elevada o centrada. El Ersatz, el sustituto de ésta última, conduce a los desatinos que bien conocemos[4]. Sólo quien ignore el lenguaje de los símbolos puede extrañarse de esta ambivalencia.
Por eso, conciliar divisiones, superar ambigüedades, armonizar los opuestos parece ser la tarea del sabio. Éste quiere integrar las tres dimensiones de la persona: la física, la psíquica y la espiritual. Dicho de otra manera: lo animal o instintivo (donde arraiga el mundo que podemos llamar de las entrañas), lo propiamente humano (que correspondería a ese mundo intermediario donde, en relación con el conocer, la imaginación conecta sentidos e intelecto) y lo supraindividual, lo que nos trasciende o pudiera trascendernos -por ello es más difícil verlo- (el ángel, el espíritu o la divinidad). Cuerpo, palabra y espíritu, siendo éste análogo al vacío, que no podemos ver ni señalar, pero precisamente aquél en el que nos movemos y existimos[5].
Espiritualizar el cuerpo y corporeizar el espíritu, sin olvidar el elemento mediador. La “triunidad” de la persona –si se nos permite la expresión- nos libra del peligro de todos los dualismos.
Probablemente tenía razón Nietzsche cuando hablaba de una sabiduría de la tierra, aquella que transforma la sangre y el espíritu o, como dijera Cervantes, aquella que pretende llevar un poco de luz a la sangre, pues saber que no se encarna no pasa de mera o elegante academia. Dicho con todos los respetos: se queda en la cabeza, no llega al corazón. “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu” (palabras que Nietzsche pone en boca de Zaratustra).
Saber de integración, pues, la sabiduría, que experimenta la dulzura (saber como sabor) de una nueva y genuina inocencia. Que comienza con un desapego, de lo exterior, de lo artificioso, de lo innecesario y culmina, según algunos, en un desapego mayor todavía: el del ego, el de los bienes espirituales, el de la propia voluntad:
“Si quieres saberlo todo, no quieras saber algo en nada.
Si quieres serlo todo, no quieras ser algo en nada.
Si quieres poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada”.
Son palabras de un poeta, las de San Juan de la Cruz, quien escribió, por cierto, que la sabiduría nunca es sin amor: “Nunca da Dios sabiduría mística sin amor, porque el mismo amor la infunde”.
Saber también de aceptación, de no pretender interferir torpemente en el natural o necesario curso de las cosas. Aceptación de lo que en nuestra vida pudiera haber de destino (grandes filósofos, como Spinoza y Leibniz hablaron de esto). Pero conciencia, al mismo tiempo, de la interdependencia y la intercomunicación. Al afirmar que todo está enlazado, como en una áurea cadena, coinciden mentalidades tan diferentes como el chamán indio americano y el propio Leibniz, pensador de una grandeza en buena medida hoy ignorada. El sabio cree (¿ingenua maravilla?) que puede incidir con su porción de libertad en el orden dinámico del mundo. Incluso se ha escrito que el sabio domina a los astros, a las potencias..., esto es, es artífice de su propio destino o influye, de alguna manera, en el destino. Trabaja por la armonía, que es unidad en la multiplicidad (Leibniz). Si encima uno cree en la Providencia, ya tiene tres ideas tremendas que armonizar o conciliar: destino, libertad y don sobrenatural.
Por eso hay que referirse a la sabiduría no sólo como capacidad especial de interpretación y discernimiento, sino también como sensibilidad, delicadeza y finura de percepción (acaso lo más propio del poeta) y como el coraje de denunciar toda forma de injusticia (recordemos que, para Aristóteles, la justicia era reflejo, en el ámbito de la polis, del orden del mundo). Si se calla el cantor...
Finalmente, tengamos en cuenta que la sabiduría más humana pudiera estar basada en la piedad, en la compasión. Aquí coinciden, entre otros muchos, Schopenhauer, María Zambrano, el budismo y probablemente también Confucio, para quien la virtud más alta (jen, en chino) era la cordialidad, tener un corazón grande[6]. Zambrano decía que la piedad es saber tratar con lo otro: con lo diferente, con lo lejano, con lo que no nos es afín o incluso nos contradice. “Busca en todo tu contrario, que es tu complementario”, escribía don Antonio Machado. Y tal vez por eso el sabio vence el mal, no le resiste, no lucha con sus armas, no le teme tampoco. Puede actuar con la no acción (wu wei, en la filosofía taoísta) y desentenderse de los frutos de ésta (como enseña la Bhagavad Gita, libro capital del hinduismo y capítulo central de la famosa epopeya que lleva por título el Mahabarata)[7].
Acaso la sabiduría que estamos torpemente diseñando tenga más que ver con la ortopraxis que con la ortodoxia, esto es, bastante más que ver con una vida buena que con un catálogo de presuntas verdades. Nada nos parece más contrario al sabio que el intransigente (sea o no erudito), el que sólo sabe pensar en una dirección, el que lo tiene todo aprendido, el inflexible en sus puntos de vista. “Sé flexible y te mantendrás recto”, escribe Lao Tsé en ese libro admirable que es el Tao te Ching. Por sus obras se conoce a la persona, que no por sus doctrinas. No negamos la posible verdad, más entendemos que ésta, de serlo, es siempre mucho más grande y hermosa que nuestra capacidad para aprehenderla. Igual que el fanatismo es lo más opuesto al genuino misticismo, la sutil sabiduría no se deja apresar por el dogmatismo, no es doctrinaria. La letra ahoga al espíritu.
Se comprenderá así, si no estamos completamente equivocados, que el sabio “no tenga ideas”, como explica bellamente François Jullien, porque no se identifica con ninguna, porque no toma partido por unas ideas frente, o contra, otras. Lo que no quiere decir, obviamente, que no tenga discernimiento, que no sea capaz de valorar. Pero no juzga, no quiere atrapar la realidad con los conceptos, ni discute por las palabras[8], pues el juicio suele implicar prejuicios o reduccionismos: bien difícil es captar la totalidad (como pedía Platón), que no se nos escape ningún detalle importante o significativo.
Creemos que, si la filosofía puede ser entendida como el amor a la sabiduría, también puede serlo como la sabiduría del amor. Amar una sola cosa (¿la única necesaria?), pero tan esencial que en ella caben todas. En esto consiste, para Kierkegaard, la pureza del corazón.
El gran poeta portugués Fernando Pessoa escribió que la inconsciencia es el fundamento de la vida, y que si el corazón pudiera pensar se pararía. En efecto, sabemos que el pensamiento, a elevadas dosis, paraliza o ralentiza la acción. No se puede negar, tampoco, una vinculación entre el mucho saber y la melancolía (“el que aumenta sus conocimientos aumenta sus padecimientos”; “en mucha sabiduría hay aflicción”... Esto afirma el sabio hebreo, aquel que hablaba de la vanidad y las vanidades). Podemos apreciar aquí otra de las muchas paradojas que ofrece nuestro tema. En todo caso, nos inclinamos a pensar que también la felicidad, criterio de la sabiduría para muchos, parece ir asociada a cierta bendita forma de inconsciencia... Y a la capacidad de aprender a desaprender.
No queremos negar nada de esto, como no pretendemos diluir o edulcorar las aporías. Afirmamos, sencillamente, que acaso quepa la posibilidad del milagro de unir, de armonizar, el corazón y la cabeza. La inteligencia, el sentimiento y la acción; la intuición, la palabra y la vida. De otro modo: símbolo, concepto e iluminación.
Creemos, en efecto, que la hondura y plenitud de la alegría, incluso en este mundo, es señal de la persona realizada y sabia. Un aura sencilla, natural, pero intensa, constante, que se renueva sin cesar. El Maestro Eckhart solía decir que tendría motivos para avergonzarse si su alma no fuese más joven cada día.
Si la sabiduría no fuese más que un hermoso sueño, nos quedaríamos con su valor y utilidad para la vida de aquel en quien se produce. Las ilusiones compartidas no son menos reales y el sueño desentraña parcelas de la psique. Pero es que habría, además, que recordar a quien tal cosa objetara, que nuestra vida está tejida con la trama de los sueños (Shakespeare).
El secreto nos parece el istmo que separa los dos océanos, el de arriba y el de abajo. Es el límite, la frontera. “No me rendiré hasta encontrar el punto de confluencia de los dos mares”, hace decir en el Corán Mahoma a Moisés (cf. 18, 60). Ahí donde dos se hacen uno, allí se da el milagro. Y la paz, en este batallar de la vida, pues, como bellamente expresara Leonardo da Vinci, “cuando el amante está junto al amado, allí se descansa”.
Escribe Rumi:
“Oh vida de mi cuerpo y fuerza mía, todo tú.
Alma y corazón, oh corazón y alma míos, todo tú.
Te has vuelto todo mi ser, por eso eres todo yo.
Yo me he vuelto nada en ti, por eso soy todo tú”.
(Rubayat)
Así la persona que experimenta la unión. Entonces el corazón se dilata y el místico puede afirmar como Ibn Arabí:
“Mi corazón se ha hecho capaz de aceptar todas las formas: es pasto para gacelas y convento para los monjes cristianos, templo para los ídolos y Ka’aba para el peregrino; las tablas de la Ley mosaica y el Corán de los fieles. Amor es mi credo y mi fe”.
El sabio vive en el secreto del rostro de Dios. En el corazón de la divinidad, como decían que vivía el iluminado zapatero, filósofo y teósofo, Jacob Boehme. Y a Dios se le conoce, en caso de que esto sea posible, no conociéndole. Al respecto, San Agustín es proverbial, si bien coincide con tantas tradiciones, como el Vedânta o el taoísmo, pues afirma:
“Dios es inefable; más fácilmente decimos lo que no es que lo que es”. “¿Qué diremos, pues, de Dios? Si lo que vas a decir lo comprendes, no es eso Dios; si pudiste comprenderlo, comprendiste otra cosa en lugar de Dios”[9].
Pero un filósofo sugirió una vez que Dios es todo aquello que libera y engrandece el corazón humano. Y Roger Garaudy solía comentar que debíamos trabajar por un mundo en el que decir “Dios” signifique decir que la vida tiene sentido.
Quizás no sea un disparate afirmar que la sabiduría, lo más común y sencillo y lo más extraño y elevado, se llegue a alcanzar cuando ya no se la busque, cuando no se la persiga, cuando uno “se duerma en el olvido”, según la poética expresión del maestro taoísta Chuang Tsé.
Hay que dormirse arriba en la luz, si bien conviene estar despierto abajo en la oscuridad.
Dormirse arriba en la Luz, preciosa metáfora de Claros del bosque, ese libro tan especial de la pensadora María Zambrano, a quien ya hemos citado varias veces.
Quiero terminar con una parábola budista, tomándome la libertad de contarla como la recuerdo y como la siento:
En una gran peregrinación de miles de personas a Buda, a una de sus más célebres estatuas, coincidieron dos personas. La primera, monje muy experimentado y avanzado, que pensaba rozar la perfección y librarse de este modo del ciclo de las transmigraciones o reencarnaciones, tenía una pregunta para Buda: “¿Lograré acaso el nirvana, la iluminación y la liberación? Y de ser así, ¿cuándo acontecerá esto?”. “Sí, hijo mío, alcanzarás la iluminación dentro de cinco existencias”, obtuvo por respuesta. Se marchó triste, cabizbajo, con pesar en su corazón por tener que renacer.
Pero a lo lejos venía un pobre hombre, un miserable, un intocable que no se atrevía a acercarse a la estatua del “dios” y menos aún alzar la cabeza y formularle pregunta alguna; tan despreciable o indigno se sentía. De todos modos, finalmente, preguntó por la posibilidad de liberación de un ser tan pequeño. “Sí, hijo mío, también tú alcanzarás la liberación del samsara, del ciclo de existencias. Eso será dentro de diez mil vidas”. Y cuentan que, al escuchar la respuesta, ese pobre hombre se puso tan contento que empezó a dar saltos de alegría y llegó a ser tal su gozo que, en ese preciso momento, alcanzó el nirvana.
Ojalá nosotros fuésemos capaces de esa intensa, profunda, poderosa y divina alegría, de ese delirio, de esa ilimitada confianza. Tal vez no lo sabríamos, pero puede que fuésemos, en verdad, un poco más sabios.
[1] Aunque no ignoro mi atrevimiento, quisieran reivindicar, humildemente pero con convicción, el intento de acercar la filosofía a lo que aún podemos llamar (con las debidas matizaciones) sabiduría, sugerir la dimensión sapiencial de la primera. Muy cierto que ello pertenece más a la tradición del pasado y no pretendemos tampoco ignorar la evolución del pensamiento moderno. Se trata tan sólo de una propuesta inclusiva, sin obviar las diferencias, arriesgada también. Karl Jaspers incluyó en su peculiar historia de los grandes filósofos a hombres como Buda, Nagarjuna, Jesús y Lao-Tsé. Y sabemos que no ignoraba que ninguno de ellos basó sus enseñanzas tan sólo o ante todo en la razón.
El entre quiere sugerir que no privilegiamos un ámbito cultural sobre otro, ni ponemos sólo la sabiduría en un lado. Raimon Pánikkar suele decir que él (de padre hindú y madre catalana) no es “medio occidental y medio oriental”, sino completamente lo uno y lo otro. Como tampoco supongo que se considera medio cristiano y medio budista. Aunque muchos no lo entiendan, pienso que reivindica el pleno derecho a ser y sentirse las dos cosas (y puede que algunas más).
[2] En Heráclito de Éfeso, filósofo presocrático al que nos referíamos al inicio de esta charla, en los fragmentos que de su obra se los han conservado, podemos claramente rastrear el tratamiento del tema que nos ocupa. Para él el verdadero conocimiento tiene un carácter sellado y como impenetrable, por lo que es preciso saber buscarlo y saber esperarlo. La sabiduría sería de origen divino y tendría que ver con los misterios: “la morada de los hombres que no alberga el conocimiento, pero la del dios lo posee” (leemos en el fragmento 78). Las opiniones humanas nada tienen que ver con la sabiduría y son comparadas a un juego de niños (cf. fr. 70).
Aparece por tanto la sabiduría como “separada de todo” (cf. fr. 108) o aparte, más allá de todo, y parece establecerse ya en Heráclito una incipiente distinción entre filosofía y sabiduría, distinción que dudamos él fijara nítidamente, pero que se ha abierto camino con el paso de siglos. Así cuando escribe que el filósofo ha de conocer muchas cosas, pero que la sabiduría no consiste en la erudición (polymathia) (cf. frags. 35 y 40).
¿Entonces, en qué consiste, podemos preguntar? Y contesta el viejo filósofo: sólo en esto, “en conocer la inteligencia (logos, en griego) que todo lo gobierna a través de todas las cosas” (frag. 41). Heráclito la considera la mayor virtud y la asocia a decir la verdad y actuar conforme a la naturaleza, escuchándola (fr. 112).
La interdependencia universal, la unidad de todo, la armonía profunda más allá de los conflictos y de las divisiones..., he aquí el objetivo y el contenido de la sabiduría, lo que permite vincular a Heráclito, y en general pensamiento presocrático, con doctrinas orientales antiguas como el taoísmo chino o el Vedânta de la India. Mas aquí brota, espontánea e hiriente, la paradoja: ¿cómo si el Logos es común a todo y a todos, los hombres no lo ven ni viven de acuerdo con él? Acudamos una vez más a las palabras del propio filósofo: los hombres no comprenden el logos eterno (la palabra eterna, creadora, podríamos añadir), viven como en sueños, en la apariencia, apartándose de él por su incredulidad: “no comprenden después de haber oído y se parecen a los sordos. A ellos se aplica el proverbio: «presentes, están ausentes»” (cf. frag. 34).
[3] Palabras atribuidas a Rabí Meír, que fue un importante maestro de la primera época talmúdica.
[4] Y en relación con el sentido, al propio Jung le gustaba referirse a sus conversaciones con su viejo amigo Lago azul de montaña. Un indio pueblo que le explicaba cómo ellos, con su vida, con la práctica de sus ritos y de su religión, ayudaban cada día al sol (“a su gran padre el sol”) a levantarse y seguir su curso en el cielo. Dirán ustedes, ¡qué ingenuidad! Pero Jung añadía que envidiaba el profundo sentido de la vida que implicaba aquella creencia. Por lo demás, acaso no tan disparatada, según luego incidentalmente indicaremos.
[5] Un símbolo que reúne esta síntesis de tres elementos es el de Sagitario.
[6] Jen. Esta palabra, etimológicamente, es una combinación del signo para designar “ser humano” y también “dos”. Así, denomina la relación ideal que deben tener las personas. Aunque suele traducirse por bondad, benevolencia y amor, tal vez lo que mejor la define sea “cordialidad humana”.
Jen era para Confucio la virtud de las virtudes, implicando las mejores capacidades humanas. Para la persona noble, vale más incluso que la vida.
Se trata de un sentimiento de humanidad hacia los otros y de respeto por uno mismo, un profundo sentido de la dignidad y el valor de la vida. Como perfección de lo humano (Confucio decía no haberla encontrado encarnada completamente en nadie a lo largo de su vida) no es fácil hablar de ella, pero implica otras muchas virtudes: diligencia infatigable, en los deberes y tareas públicos, así como cortesía, generosidad, empatía y capacidad de “medir los sentimientos de otros según los propios”.
Expresada negativamente, es la célebre sentencia llamada “regla de plata”: “No hagas a otros lo que no te gustaría que te hagan a ti”. Positivamente, se podría decir que “la persona de jen, deseando afirmarse a sí misma, busca también la afirmación de los demás” y esta amplitud de corazón no conoce fronteras, pues sabe que “dentro de los cuatro mares todos los hombres son hermanos”.
[7] Pasividad esencial que algunas “ortodoxias”, demasiado activas y poco contemplativas en el fondo, estarían tentadas de rechazar como quietismo. Gandhi, por ejemplo, fomentaba la no violencia, pero no abogaba por la mera “pasividad”. La injusticia debe ser denunciada siempre y el valor puede asociarse con la astucia. No parece, de todos modos, problema sencillo de resolver, mas puede ayudar el darse cuenta de que también el poder se dice de muchas maneras.
[8] Sapientibus est enim non curare de nominibus, dice el proverbio medieval: es propio de los sabios no preocuparse por las palabras. Diríamos más: no preocuparse por nada. Si Heidegger vio la esencia del ser humano en el cuidado, así como en la temporalidad, el sabio pierde su cuidado, se abandona. Se parece más al niño que juega.
[9] Cf. Enarr. in Ps., 85, 12, y Serm., 52, 6, 16.
Recopilo aquí los comentarios borrados por error sobre el taoísmo
Comentarios anteriores al tema o post “El ethos del sabio taoísta”
Autor: hiniare
Hola, Boehmiano. Me ha encantado encontrar un texto claro y directo sobre el Tao (aunque "El Tao que puede ser explicado no es el verdadero Tao"). Para mí el poema 18 es clave y a mucha gente se le hace difícil de entender ("Cuando se abandona el Tao aparece la moral... aparece el amor filial..."). Y aunque yo también creo que muchos de estos textos podrían ser igualmente confucianos,la diferencia está entre esa moral establecida por ley (porque es lo mejor para todos) y la moral natural que surge de un equilibrio interior y de la ausencia de egoísmo. Esa es la "lógica" del Tao que tú mencionas.
Es un tema apasionante del que hay mucho que decir. Volveré a menudo por aquí, hasta pronto.
Fecha: 30/08/2008 15:20.
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Autor: Boehmiano
Hola, Hiniare. Tu nombre me parece precioso, aunque no sé lo que significa. Gracias por tu comentario. Sí, el 18 es un capítulo que en principio sorprende. Hay quien lo ve como una crítica a la moral confuciana. No sé, yo a Confucio lo admiro mucho.
Puede ser que cuando se habla en exceso de algo (por ejemplo, hoy de solidaridad) es porque ese algo nos falta (hablando de manera general). Pregonar las virtudes no haría falta si éstas fueran lo normal, lo natural. Y esto lo sabe quien, como señalas, vive la moral desde dentro.
El taoísmo es una gran filosofía que puede ayudarnos a reencontrar el carácter sagrado de la naturaleza. Yo la admiro, aún desde mi poco conocimiento de la misma.
Hasta pronto.
Fecha: 30/08/2008 17:08.
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Autor: krmengloria
Hola,
Recién estoy comenzando a interiorizarme acerca del Tao. La verdad me ha costado entender algunas cosas por lo que tu texto me fue de gran ayuda. Muchas gracias por eso!!
Si pudieras explicarme el significado (para ti) de esta frase te estaría plenamente agradecida:
"No siendo pleno puede quedar en lo viejo sin renovarse"(XV)
Un abrazo.
Fecha: 01/11/2008 01:10.
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Autor: Boehmiano
Cordiales saludos Carmen gloria y bienvenida a este modesto blog. La dificultad del Tao Te Ching tiene que ver también con las traducciones, con la dificultad de traducir a un idioma occidental la antigua lengua china. Te cito a continuación tres versiones distintas del pasaje por el que me preguntas:
-“Quien sigue estos principios no desea la plenitud. Porque no ha alcanzado la plenitud, por eso, al declinar, se renueva” (traducción de una traducción inglesa de Ch’u Ta-Kao, publicada por Morata, Madrid, en 1979).
-“Quien guarde este Tao (esta sabiduría) no deseara llenarse (de cosas), y sin llenarse podrá seguir con lo viejo sin renovarlo” (versión de Carmelo Elorduy, publicada en la Editora Nacional, Madrid 1983).
-“Quienes guardan este curso (Tao) no desean plenitud. Así, no alcanzando plenitud, pueden gastarse y renovarse” (esta es la versión que yo prefiero, de Anne-Hélène Suárez, editada por Siruela, Madrid, 1998). También debe ser muy buena la traducción (pero aún no la he adquirido) de Iñaki Preciado, Alfaguara, Madrid, 1996.
Parece ser que no debemos leer “sin renovarse”, pues muchos comentarios entienden que la negación (bu, en chino) es una errata fácilmente explicable. El texto tiene más sentido si leemos: “gastarse y, sin embargo, renovarse”.
Por otra parte, el pensamiento clásico chino juega mucho con la paradoja, con las aparentes contradicciones, con el dinamismo de los contrarios. Anne-Hélène Suárez habla de que “no llegar a la plenitud” es “para no sufrir merma y seguir produciendo infinitamente”. Plenitud aquí también puede oponerse a la riqueza del vacío, de la sutileza, incluso del desapego: un yo que no es “pleno” (esclavo de sí mismo) deja lugar a la plenitud de lo “transpersonal”. Pero fíjate que incluso en la traducción que parece menos acertada, puede encontrarse un sentido muy rico: seguir el curso de lo viejo, de lo antiguo (de la “tradición”) y renovarlo continuamente (la novedad del espíritu), renovándose uno en diálogo permanente y vivo con esa riqueza tradicional. Por otra parte, también habrá cosas (verdades, actitudes, amores...) que no sea preciso renovar o cambiar.
Bueno, espero que te sirva de una pequeña ayuda y mucho ánimo y disfrute de tu andadura con el Tao.
Con afecto:
Paco Boehmiano.
Fecha: 31/10/2008 23:18.
El ethos del sabio taoísta
Nota previa.- En el origen de este trabajo estaba el deseo de acercar a mis alumnos de secundaria y bachillerato a la sabiduría extremo oriental. Eso explica su lenguaje, algunas repeticiones con fines didácticos, la intención primordial de ir al texto mismo y los comentarios clarificadores. Mi propósito es mostrar cómo los rasgos del sabio o santo taoísta encarnan y manifiestan, de un modo muy paradigmático, la unidad de conocimiento y realización espiritual. Quizás resulte aquí algo extenso, pero espero que sea útil a los buscadores.
“Conocer la armonía es permanencia. /
Conocer lo permanente es iluminación” (55).
“Todos los seres llevan a espaldas la sombra y en brazos la luz” (42).
Sheng ren: La persona sabia o verdadera.
De ella hablaremos aquí y a ella irán dirigidas la mayoría de las citas que hacemos del famoso y breve libro de Lao-tsé: Tao te ching (que puede traducirse como el Libro del curso (tao) y la virtud (te))[1].
“Permanece en su estado de inacción, / practica la enseñanza sin habla, / y todos los seres se crean sin que él los origine. / Los genera sin tenerlos por suyos. / Los realiza sin ufanarse. / Cumple su obra sin complacencia” (cap. 2).
“Actúa sin acción, / y nada hay que no regule” (3). [Yo diría aquí: se interesa por todo y está atento a todo, sin interés personal, sin buscar un beneficio propio, sin querer llamar la atención].
Se destaca la importancia de saber “guardar el centro” (cf. el final del frag. 5). El centro (zhong): como vacío original anterior a todo; el lugar al que todo regresa y desde el que todo se difunde; el lugar del Hombre como arquetipo; el espacio en que se entrecruzan el ying y el yang para producir el mundo; el lugar a situarse en la meditación y el lugar del ritual; el lugar de comunicación con el Cielo y con la tierra[2]. A esto yo añadiría todos los significados del centro en el pensamiento tradicional. Y, coloquialmente, la necesidad de estar centrado, evitar lo que nos descentra.
El desinterés, la imparcialidad, la indiferencia respecto de sí mismo, son cualidades del hombre verdadero. Este “se pospone y, por ende, se antepone; / se desprende de sí y, por ende, subsiste. / ¿Acaso no es su desinterés / lo que constituye su interés? (7). Aquí habría que entender una genuina humildad, claro, un olvido de lo que no somos, de los aspectos más egóicos de nuestra personalidad. Ese desinterés por lo mundano, por lo pasajero y lo que no tiene auténtico valor se comprende desde el interés, o mejor, el anhelo y la aspiración profundos hacia la realización personal o hacia la realización de todo lo que es de verdad hermoso en el mundo.
Transcribo ahora todo el capítulo 8:
“La bondad suprema es como el agua.
La bondad del agua es beneficiar a los seres sin rivalizar,
morando [en lugares que] las multitudes desprecian;
así se aproxima al curso (Tao).
En la estancia, le agrada el suelo;
en la mente, la profundidad,
en el trato con el prójimo, la humanidad,
en la palabra, la fidelidad,
en el gobierno, el orden,
en el servicio, la capacidad,
en los actos, la oportunidad.
Pues no rivalizando
se evita el desmán”.
“Cumplida la obra, retirarse: / tal es el curso del cielo” (9).
Se alude aquí a saber detenerse a tiempo, a no excederse (lo que podemos relacionar con la insistencia de los sabios griegos que aconsejaban mesura y armonía: “nada en exceso”). No se puede conservar lo que se afila constantemente, como no se puede guardar la excesiva riqueza.
Y en el capítulo 29 leemos: “Así / el santo (sheng ren) evita lo extremado, / evita lo inmoderado, / evita lo excesivo”.
Al principio de este capítulo se dice algo muy significativo para nosotros que, al pretender dominar la naturaleza y explotarla, estamos a punto de arruinarla y perderla:
“De quien ansía obtener cuanto hay bajo el cielo y manipularlo / yo veo su fracaso. / Lo que hay bajo el cielo es cosa sagrada. / No puede ser manipulado, / quien lo manipula lo arruina, / quien lo retiene lo pierde”.
La acción del sabio es a imitación del cielo, pues éste “genera y nutre [los seres], / los genera sin tenerlos por suyos, / los realiza sin ufanarse, / les da crecimiento sin domeñarlos; / eso se dice de la virtud oscura” (10).
No suscitar pasiones, ni deseos innecesarios (por ejemplo el deseo inmoderado de riqueza, que hoy tanto predomina) ayuda al gobernante a que predomine el orden y la concordia. Recuerdo la anécdota que se cuenta de Heráclito cuando le invitaron a dar una conferencia, sobre la armonía y buena convivencia, a sus conciudadanos de Éfeso: no pronunció ni una palabra y se limito a mover un vaso de agua con una rama de canela y beberse el agua. Quiso con esto enseñar y mostrar que conformarse con poco (el agua y la canela eran considerados insignificantes, de poco valor) es lo que garantiza la paz y la concordia entre los ciudadanos.
Se insiste con frecuencia en todo el libro en la humildad[3] y se habla del amor y respeto a todos los seres:
“Por eso, / quien honra cuanto hay bajo el cielo como a su propia persona / es digno de que se le confíe cuanto hay bajo el cielo. / Quien ama cuanto hay bajo el cielo como a su propia persona / es digno de que se le encomiende cuanto hay bajo el cielo” (13).
Me gusta especialmente el capítulo 14, referido al Tao:
“Míralo y no lo verás, se llama invisible.
Escúchalo y no lo oirás, se llama inaudible.
Pálpalo y no lo percibirás, se llama intangible.
Los tres son inescrutables,
pues se confunden y son uno solo.
Arriba no es refulgente,
abajo no es umbroso.
Inefable infinito,
Retorna a la inmaterialidad;
es decir forma de lo informe,
imagen de la inmaterialidad;
es decir, vaguedad indistinta.
Ve a su encuentro y no hallarás su dorso.
Cíñete al curso (tao) de la antigüedad para guiar el presente,
podrás conocer el origen de la antigüedad;
es decir el hilo del curso”.
El sabio, no deseando plenitud, puede “gastarse y renovarse” (cf. f. de 15). Y se hace, en este capítulo una especie de retrato del sabio de la antigüedad que también me parece muy significativo. No lo copio ahora, pero pongo en nota algunos epítetos[4].
El capítulo 18 (sugiero confrontar las diversas traducciones de que se disponga) me parece indicado como ejemplo de que el que sigue el tao se coloca por encima de la moral. Es como si se trascendieran los valores normales o habituales (heredados) porque se vive en un modo más alto, más libre, más simple, menos dual y, desde luego, nada rigorista, legalista y formalista.
También sabe el santo concentrar las facultades: las simplifica, las armoniza. El libro aconseja: “manifiesta simplicidad, abriga integridad; / reduce tus intereses, disminuye tus deseos”[5] (19). Obviamente, no se trata de no querer, sino de querer lo esencial, lo que más vale en sí y lo que más puede hacernos felices. El hombre sensato, se dice en el capítulo 38, “permanece en lo sustancial, no en lo superficial; / permanece en lo real, no en lo ilusorio”.
Propongo a continuación el capítulo 22[6]:
“«Lo doblegado queda íntegro,
lo inclinado se endereza,
lo hondo se llena,
lo usado se renueva,
lo escaso basta,
lo abundante ofusca».
Así,
el santo abraza la unidad,
y es pauta de cuanto hay bajo el cielo.
No se exhibe,
por eso brilla.
No se afirma,
por eso es ilustre.
No se jacta,
por eso tiene méritos.
No se enorgullece de sí,
por eso destaca.
Y es que no rivaliza,
por eso no hay bajo el cielo
quien pueda rivalizar con él.
¿Acaso es palabrería
el antiguo dicho que reza:
«Lo doblegado queda íntegro»?
En verdad, [esa es la clave de] la integridad”.
Se valora la naturalidad y no presunción: “Quien se jacta carece de méritos” (24). Esto se repite mucho en este célebre escrito (no enorgullecerse, no vanagloriarse, etc.). Es como el refrán español: “Dime de qué presumes y te diré de lo que careces”. El sabio, como el tao, “cumple su obra sin tenerla por suya”[7] (34). “Por eso, el santo / se conoce a sí mismo, pero no se exhibe; / se aprecia a sí mismo, pero no se enaltece” (72).
De igual modo, la espontaneidad, nobleza, calma, compasión, generosidad… son otras virtudes propias de la persona verdadera más o menos implícitas en el texto.
Por otra parte, el sabio no se aferra a una cualidad despreciando su contrario; es consciente de la polaridad y ambivalencia, de la complementariedad que rige en la naturaleza. La unidad abarca esta polaridad y multiplicidad. Esto le hace, pienso yo, rechazar las rigideces[8] y posturas extremas, los dogmatismos y exclusiones[9], permitiéndole comprender las múltiples diferencias que se dan en los demás. El poeta Antonio Machado aconsejaba: “Busca en todo a tu contrario, que es tu complementario”. Unir los contrarios siempre que sea posible, integrar y no escindir, buscar el entendimiento y el acercamiento de posturas, no el enfrentamiento… Esta me parece que es la “lógica” del Tao.
Hay en el texto muchas referencias a la infancia, lo que también permitiría una analogía con el Evangelio[10]. Por ejemplo: “[Quien] contiene mayor abundancia de virtud / es como un niño recién nacido” (55). Y no sólo porque el recién nacido mantiene intacta toda su potencia y energía, o porque en su debilidad no genera ni atrae enfrentamiento ni violencia. Seguramente también por su confianza, indiferencia, espontaneidad, sencillez… Por no estar atado a la mente ni dominado por los pensamientos.
La no-violencia[11], el no obtener las cosas por la fuerza, es otra característica fundamental de este espíritu o este modo de ver la vida, fluido, sereno, dinámico, centrado en el presente y gozoso. Perder el tao es perder la juventud, envejecer (cf. el final de 30). Aquí se entiende por violencia dejar “que la mente mande sobre el fluido vital” (cf. 55); además, “los seres, al ganar ímpetu, envejecen” (55).
Por otra parte, el sabio no rivaliza y, por eso, “nada bajo el cielo puede rivalizar con él” (cf. final de 66)[12]. Entiendo que no es sólo que dos no pelean si uno no quiere; hay aquí una actitud muy honda de aceptación del mundo y de la vida, así como la convicción de que todo retorna a su origen, lo que se traduce en una calma serena, apaciguada.
Para que el cielo y la tierra se unan, “para que lloviera dulce rocío” (32) hay que guardar el tao, conformarse a él. Unir, en nuestra vida, el tiempo y la eternidad; recuerdos y anhelos en el presente eterno (estar en lo que se hace y vivirlo plenamente, con lúcida conciencia); esta vida y cualesquiera otras que uno pudiera esperar.
Y esto nos dice el breve capítulo 33:
“Conocer a los demás es sabiduría;
conocerse a sí mismo es iluminación (ming)[13].
Vencer a los demás es tener fuerza;
Vencerse a sí mismo es ser poderoso.
Esforzarse en avanzar es tener voluntad;
Saber contentarse es ser rico.
No alejarse de su sitio es durabilidad;
Morir sin perecer es longevidad”.
Quien no se aparta del tao o curso se beneficia de su virtud, y quien posee auténtica virtud (de, en chino: eficacia, bondad), -comenta Anne-Hélène Suárez-, la virtud universal, no tiene virtudes propias que ejercer, no es siquiera consciente de la virtud que lo impregna y, por tanto, la ejerce espontáneamente, por la inacción, sin objeto ni intención, sin tener “por qué actuar” (cf. cap. 38).
Sobre la necesidad de ver las cosas en profundidad y no dejarse engañar por las apariencias, remito al capítulo 41, del que extraigo sólo estas perlas:
“«El curso, en su brillo, parece oscuro;
… … …
la virtud más alta parece un valle;
la virtud más amplia parece deficiente;
la virtud más firme parece lánguida».
La verdad más esencial parece voluble;
… … …
el sonido más grande es inaudible;
la imagen más grande no tiene forma.
El curso (tao) latente no tiene nombre,
Pero el curso es hábil en dar y realizar”.
La no-acción, o inacción (wu wei, en chino), que ya ha sido mencionada antes, es central en el taoísmo. No nos es fácil de entender, pues a menudo se alude a estar desocupado, a no dedicarse al estudio, a no crecer sino a menguar… Pero debe ser algo más profundo y relacionado con el conocimiento de uno mismo. No ambicionar nada externo, sino identificarse con la naturaleza, con lo permanente y recurrente en ella. “No actuando nada hay que no haga”.
Es significativo también cómo con esta noción esencial Lao Tsé pretende ir más allá de la ética de Confucio. En efecto, como nos dice Anne-Hélène Suárez, esforzarse y mostrar elevadas aspiraciones era una virtud confuciana que parece contraria a estas ideas de inacción, de quietud y de ausencia de deseos.
El silencio es preferible muchas veces a la palabra (“la enseñanza del no hablar” (43)) y se dice que los que hablan no saben, mientras que los que saben no hablan (cf. 56).
“No hay mayor desastre que el de no saber contentarse. / No hay mayor yerro que el de codiciar. / Pues / el contento de saber contentarse / es contento permanente” (46).
Seguimos en el terreno de las paradojas: “Quien se dedica al curso (tao) mengua cada día” (48).
“El santo carece de mente (xin, en chino, lo que se podría traducir también por “corazón”, como sede de la voluntad y del pensamiento) permanente” (49). Permanente en el sentido de “siempre suya” o “propia”, como “determinada”. He aquí un carácter de impersonalidad difícil de entender para nosotros, occidentales modernos. El santo no tiene prejuicios, como sabemos ya, ni interés propio; tampoco establece distinciones[14]. Esto recordaría a las escrituras cristianas cuando hablan de que Dios no hace acepción de personas y hace llover sobre el bueno y el malo, etc. En el capítulo 79 leemos: “El curso del cielo no tiene validos; / siempre acompaña al hombre de bien”.
“Actúa sin acción, / ocúpate de desocuparte, / saborea el desabor, / ten por grande lo pequeño, / ten por mucho lo poco, / paga agravio con virtud”.
Esto se lee en el capítulo 63. Fácil es relacionarlo con la idea central de la Bhagavad Gita hindú que insiste en desapegarse del fruto o del resultado de la acción. Hacer lo que hay que hacer y no preocuparse de nada más. Es una manera de elevar la mente y el corazón y desapegarse de los aspectos más egóicos, más egoístas e individualistas de nuestra personalidad. Saber valorar lo pequeño es propio de almas grandes, lo mismo que devolver bien por mal.
En suma, el sabio “desea no desear, / …, / aprende a desaprender” (64). Porque, “saber no saber es excelencia” (71). Entiendo que se trata de trascender el conocimiento, lo mental y lo conceptual, no estar atrapado en las ideas (en la línea de lo que enseña el zen) como no se está dominado por los deseos. No sucumbir al poder de la idea, como decía Cioran de María Zambrano.
La palabra china que transcribimos como shun (cf. final del cap. 65) me parece muy significativa de la actitud del sabio respecto del tao. En efecto, esta palabra, como nos dice la traductora, tiene el sentido de “seguir [la corriente, el viento, etc.]”, “avenirse”, “someterse”, “adaptarse”, “fluidez”, “naturalidad”, “orden”, “concierto”. Lao Tsé pretende que el sabio o santo alcance una gran adaptación al orden natural. Pero, me pregunto, ¿se está hablando aquí de algo que trasciende la naturaleza, como su origen o arjé, como su Logos, en el sentido de Heráclito? ¿Se trata de algo divino si bien inmanente al orden del mundo?
“Tres tesoros tengo, / que guardo y velo: / el primero, la compasión; / el segundo, la parsimonia; / el tercero, no osar ir en cabeza de todo bajo el cielo. / Siendo compasivo, puedo ser audaz; / siendo parsimonioso, puedo ser generoso; / no osando ir en cabeza de todo bajo el cielo, puedo ser superior de los cargos” (cf. 67).
La última expresión se refiere a la realeza, al rey. La compasión (ci, en chino) es lo que define al budismo y es también esencial a la piedad cristiana (en el Tao te ching se habla también de misericordia, en chino ai). La calma, la humildad, como ya sabemos son valores taoístas.
En el capítulo 70 se menciona otra gran paradoja[15]: siendo las palabras del tao fáciles de conocer y aplicar, nadie las aplica ni conoce. Parece hablarse aquí de la dificultad de lo verdaderamente simple y sutil. Igual que no es fácil descubrir el valor de la pobreza. “Pocos son quienes me conocen; / excepcionales, quienes me imitan”, escribe Lao Tsé, acaso refiriéndose a sí mismo, más probablemente hablando por boca del tao. Y a continuación: “Por eso, el santo / viste sayal y alberga jade”. Aparenta miseria, alberga en sí el verdadero tesoro. Comenta Anne-Hélène Suárez: “Incomprendido, distinto de los demás (…), el santo pasa desapercibido, «templa lo luminoso, se confunde con el polvo» (…), encierra en sí el valioso tesoro (…) que constituye su virtud”.
Una vez más se dice que “el curso del cielo es / saber vencer sin rivalizar, / saber responder sin hablar, / [saber] atraer sin llamar, / saber disponer sin apremiar” (73).
Me parece muy interesante y coherente con todo lo anterior lo que sugiere el capítulo 75: una cercanía al pueblo y a la gente sencilla y una crítica a los grandes y poderosos que no saben moderar su ambición ni viven de acuerdo a la naturaleza (por decirlo como en el estoicismo griego y romano). El hambre y la rebeldía se comprenden por lo mismo y podrían ser eliminados con un buen gobierno.
Y así termina esta obra admirable, como compendiando todo lo anterior sobre la actitud del sabio: éste es fiel a la palabra y circunspecto en el hablar, no participa en las discusiones, no se dedica a la acumulación de conocimientos, no quiere nada para sí y está disponible para todos, es humilde y cumple sus obras sin complacencia ni presunción:
“Las palabras fieles no son hermosas,
las palabras hermosas no son fieles.
El bueno no es discutidor,
el discutidor no es bueno.
El sabio no es erudito,
el erudito no es sabio[16].
El santo no acumula:
cuanto más hace por los demás, más posee;
cuanto más da a los demás, más le cunde.
El curso del cielo
beneficia y no perjudica.
El curso del santo
hace y no rivaliza”.
[1] Se trata, como es bien sabido, de un breve y admirable libro que conjuga una honda metafísica con sugerencias morales, unas veces sutiles, otras nítidas y claras, procedentes de la antigua sabiduría china y que pretenden ir más lejos del confucianismo. De todas maneras, permítasenos decir brevemente que nos parece también admirable la sabiduría de Confucio: su noción de Jen (auténtica benevolencia y cordialidad humanas), que era par él la virtud de las virtudes, unida a su concepción de la persona superior (Chung tzu), su amor a las artes de la paz (Wen) o su visión del poder (Te) encajan perfectamente en el retrato del sabio que el taoísmo ofrece. Si acaso, simplificando tal vez, podemos decir que preferimos la sutileza y libertad taoístas (ejemplo extraordinario de esto es Chuang Tsé) a la rigidez no exenta de formalismo y más moralista de los confucianos. Volviendo a la obra que nos ocupa, decir que seguimos casi siempre la traducción y los valiosos comentarios de Anne-Hélène Suárez (Editorial Siruela). Aquí prescindiremos muchas veces de los versos más metafísicos, pero queremos citar uno de los ejemplos más sencillos, impresionante en su concisión (el número entre paréntesis indica el capítulo del que está tomada la cita):
“[La relación entre] los contrarios es el movimiento del curso (tao). / La debilidad es la eficacia del curso. / Bajo el cielo, todos los seres surgen del ser. / El ser surge de la nada” (40).
[2] “El sabio (o santo) es el que ha conseguido situar su existencia al nivel del surgimiento mismo de toda existencia” (F. Jullien: Procès ou création, Seuil, París, 1989, p. 38. Citado por Anne-Hélène Suárez).
[3] “Lo noble tiene por raíz lo humilde” (39).
[4] Los “versados en el curso (tao) en la antigüedad “eran sutiles y misteriosos, oscuros y penetrantes, / de una profundidad que no puede conocerse. / Vacilantes, cautelosos, solemnes, fluctuantes, íntegros, abiertos, confusos [yo entiendo, o quiero entender: que disimulan, que aparentan descuido o pobreza]. Capaces de serenarse y aclararse progresivamente en la turbidez, capaces de moverse y producir paulatinamente en la calma (cf. 15).
El sabio deviene perpetuo (se dirá en el cap. 16) en la medida que se conforma al tao “y hasta el final de su vida permanece libre de peligro”. Hermosa idea que intuyó Wittgenstein, asistiendo a una representación teatral, y que se encuentra en las demás tradiciones: comprensivo e imparcial, al sabio nada puede hacerle verdadero daño, el amado de Dios está protegido de todo mal, o del verdadero mal.
[5] El texto chino habla literalmente de la seda cruda (su, en chino), cuando quiere referirse a la simplicidad y del leño (pu), para aludir a la integridad. La seda sugiere, como dice Anne-Hélène Suárez, la traductora, la carencia total de lo artificial y sofisticado. El leño hace referencia a lo entero, lo firme, lo en bruto (esto es, aquello en potencia y por tanto de lo que pueden derivarse otras cosas).
[6] En otra traducción (la inglesa de Ch’u Ta-Kao) se puede leer: “«Sé humilde y te conservarás entero. / Flexible, y te mantendrás recto; / vacío, y permanecerás lleno; / consúmete, y serás renovado; / al que menos tenga, más se le dará; / al que más tenga, más le será restado»”. Parece una traducción menos literal, pero creo que tiene que ver con el sentido del texto y lo puede ejemplificar o aclarar algo. Comentando el capítulo 58, escribe Anne-Hélène Suárez: “Pero la rectitud del santo nunca es extrema: su inquebrantabilidad viene de su flexibilidad y de su indefinición”.
[7] Y también: “la fama más sublime no es afamada: / no desea ser radiante como el jade” (39).
[8] Frente a dureza y rigidez, propugna ternura y debilidad (cf. 76). “No hay bajo el cielo cosa más blanda y débil que el agua. / Sin embargo, en su embate contra lo rígido y duro, nada la supera” (78).
[9] “Las enseñanzas de otros / también son mis enseñanzas” (42).
[10] Y no es la única. Véase, por ejemplo: “Lo alto es abajado, / lo bajo es elevado, / lo sobrado es reducido, / lo carente es compensado”. El curso del cielo no es el curso del hombre (cf. 77).
[11] “Quien se deleita matando hombres / no logrará sus designios bajo el cielo” (31). “«El violento no tendrá buena muerte»” (42), lo que recuerda al Evangelio: “El que a hierro mata, a hierro muere”.
[12] “El mejor adalid no es belicoso; / el mejor guerrero no es impetuoso; / el mejor vencedor de enemigos es el que no se enfrenta; / el mejor empleador de hombres es el que se rebaja ante ellos. / Es lo que se dice virtud del no rivalizar, / es lo que se dice poder del empleo de hombres, / es lo que se dice cumbre de la conformidad con el cielo” (68).
[13] “Conocer lo permanente es iluminación” (16). Y en otro lugar: “Ver lo ínfimo se llama iluminación, / atenerse a lo blando se llama fortaleza. / Utiliza lo luminoso / [para] regresar a la iluminación, / y nunca atraerás calamidades: / eso es seguir lo permanente” (52). Quien se conoce a sí mismo posee autentica virtud, pues uno es reflejo del mundo (o del curso de la naturaleza) e imita a la naturaleza profunda y sutil en su obrar y en su actitud.
[14] Al no establecer distinciones está por encima de las distinciones: “no considera vida la vida ni muerte la muerte”, comenta Anne-Hélène Suárez. Se renueva constantemente, como el tao, está por encima de la dualidad o en la no-dualidad.
[15] “Las palabras más justas son las que parecen paradójicas y, de este modo, expresan mejor que ninguna, dentro de lo posible, lo inefable, el curso [o tao], que abarca todos los contrarios” (Anne-Hélène Suárez). Otro paralelismo con Heráclito: Siendo el Logos común a todos, la gente se empeña en seguir su “logos” particular (cf. el fragmento nº. 2).
[16] Heráclito también distinguía la sabiduría de la erudición, de los muchos conocimientos. La sabiduría consiste en conocer el Logos, la inteligencia divina que todo gobierna por medio de todo. El interés por conocer y la acumulación de conocimientos es más propia del filósofo que del sabio.
La sabiduría ética de Confucio
1. Confucio (c. 551-479 a. C.), junto a Lao Tsé y Chuang Tsé, uno de los principales filósofos chinos de la antigüedad, nacido de familia humilde, fue una persona modesta y sabia que, en su tiempo y pese a anhelarlo, no tuvo la influencia política, como consejero, que su sabiduría hubiera merecido. En siglos posteriores, sin embargo, su influencia ha sido enorme en la cultura y en la vida del pueblo chino, configurando en buena medida su carácter[1].
El se decía un amante de los antiguos, de las tradiciones provenientes de la época dorada y quiso adaptarlas a su convulsa época. Su filosofía tiene un carácter democrático y su vocación de influir en la política nos recuerda algo a Platón, también por sus fracasos. Por otra parte se parecía a Sócrates en su gusto por la charla informal y por su arte para formular preguntas. Era gran amante de la paz y se preocupaba por la gente, debiendo ser muy querido y respetado por sus discípulos.
Más exigente consigo mismo que con los demás, su meta era llegar a ser totalmente humano y supo mantener la dignidad y el sentido del humor especialmente en los tiempos difíciles.
Se cuenta de él que, en los ratos de ocio, sus modos eran informales y alegres, siendo afable, aunque firme; digno, pero agradable.
2. Aunque Confucio valoraba el autoconocimiento, veía a la persona como un entramado de relaciones humanas y sociales. El ser humano se desarrolla y cultiva en sociedad (lo mismo que decía Aristóteles) y la meta de tal realización es ser plenamente humano. Así, la ética confuciana puede resumirse en las siguientes nociones fundamentales:
1ª. Jen. Esta palabra, etimológicamente, es una combinación del signo para designar “ser humano” y también “dos”. Así, denomina la relación ideal que deben tener las personas. Aunque suele traducirse por bondad, benevolencia y amor, tal vez lo que mejor la define sea “cordialidad humana”.
Jen era para Confucio la virtud de las virtudes, implicando las mejores capacidades humanas. Para la persona noble, vale más incluso que la vida.
Se trata de un sentimiento de humanidad hacia los otros y de respeto por uno mismo, un profundo sentido de la dignidad y el valor de la vida. Como perfección de lo humano (Confucio decía no haberla encontrado encarnada completamente en nadie a lo largo de su vida) no es fácil hablar de ella, pero implica otras muchas virtudes: diligencia infatigable, en los deberes y tareas públicos, así como cortesía[2], generosidad, empatía y capacidad de “medir los sentimientos de otros según los propios”.
Expresada negativamente, es la célebre sentencia llamada “regla de plata”: “No hagas a otros lo que no te gustaría que te hagan a ti”[3]. Positivamente, se podría decir que “la persona de jen, deseando afirmarse a sí misma, busca también la afirmación de los demás” y esta amplitud de corazón no conoce fronteras, pues sabe que “dentro de los cuatro mares todos los hombres son hermanos”.
2ª. Chun tzu. Traducida como “persona superior” o “humanidad en su esplendor”, también podría valer “persona madura”, como sugiere Huston Smith, a quien seguimos aquí.
Cheng tzu es lo opuesto de la persona mezquina, malvada, de espíritu pequeño. Alude al anfitrión ideal: correcto, elegante, seguro, relajado, dueño de respeto por sí mismo y sabiendo generar el respeto a los demás. Movimientos suaves, expresión abierta, con el habla justa, sin hacer alardes, sin imponerse ni mostrar superioridad, con gracia y “sin preocupación ni temor”; ni el éxito se le sube a la cabeza, ni se amarga o deprime ante la adversidad.
Confucio pensaba que solamente con personas así puede el mundo encaminarse hacia la paz: “Si hay rectitud en el corazón, habrá belleza en el carácter”. Y esto traerá armonía en el hogar, orden en la nación y paz en el mundo.
3ª. Li. Esta palabra tiene dos significados, siendo el primero “corrección”, esto es, el modo en que deben hacerse las cosas, referido tanto a las relaciones sociales y familiares[4] como al uso del lenguaje. El segundo significado se relaciona con los ritos[5].
Aquí destaca la doctrina del justo medio (que nos recuerda a la ética de Aristóteles). Hallar un equilibrio, una armonía y situarse “constantemente en el medio” de extremos opuestos. Hay aquí también una analogía con la doctrina del “nada en exceso” de los sabios griegos[6].
4ª. Te. Su significado es “poder”, “virtud”. Poder por el que se rigen los hombres, hay que entender concretamente aquí; lo que hace referencia a la política. Y el elemento más importante del buen gobierno era, para Confucio, la confianza del pueblo en sus gobernantes. Por eso el verdadero te es el poder del ejemplo moral. Esto vale a todos los niveles, pero en concreto el gobernante no debe tener ambiciones personales y ha de buscar el bien común. Aquí encontramos un enorme parecido de fondo con las ideas de Platón[7].
Y Confucio estaría de acuerdo con Thomas Jefferson cuando decía que “todo el arte de gobernar reside en el arte de ser honrado”. Ser honrado y tener la capacidad, los conocimientos necesarios: el auténtico filósofo, como diría Platón.
5ª. Wen. El último concepto al que queríamos aludir se refiere a “las artes de la paz”, en oposición a las artes de la guerra. Es decir, a la música, la pintura, la poesía…: la cultura en su expresión estética y espiritual[8].
Aunque esta noción tiene también una dimensión política y de relaciones entre estados, era el poder del arte para ennoblecer el corazón lo que atraía a Confucio.
3. Aquí hemos considerado los principios de la ética confuciana dejando a un lado su concepción de la religión tradicional, que él aceptaba, basada en la relación con los antepasados, los sacrificios (forma de comunicarse con el cielo) y los presagios (forma en que el cielo, o los antepasados, respondían). Hombre, cielo y tierra eran considerados como una unidad. Aunque reservado en cuanto a lo sobrenatural[9], lo tenía en cuenta: en alguna parte del universo había un poder que estaba del lado de los justos.
Como se afirma en un comentario posterior:
“Para convertirnos en meritorios socios del cielo, debemos estar en contacto permanente con la iluminación silenciosa que hace que la corrección y el principio de nuestros corazones-mentes brillen con esplendor”. Y poco después, hablando del humanismo confuciano: “La humanidad en su máxima plenitud «forma un cuerpo con el cielo, la tierra y los millares de cosas», y nos da el poder de integrar el cosmos en nuestra sensibilidad”[10].
4. Me gustaría mencionar otra cosa antes de concluir este resumen. Si importante fue el papel dado por Confucio a las artes para pulir y embellecer el carácter de las personas por su sutileza y buen gusto (y la magnitud de esta influencia puede rastrearse en la historia del pueblo chino, en el enorme poder civilizador de su cultura en sus mejores siglos), más importante aún me parece el valor concedido al respeto a las personas mismas, especialmente a las ancianas. En esto la china tradicional y el occidente contemporáneo parecen como la noche y el día. Valorar al anciano, darle un lugar de máxima honorabilidad, respetar su experiencia de la vida, agradecerle su trabajo, hacerle sentir útil e importante, etc… En todo esto tendríamos mucho que aprender[11].
5. Se podrían establecer interesantes relaciones entre la ética de Confucio y la de Sócrates o Aristóteles, así como entre aquélla y la ética budista o cristiana. El cristianismo no nos parece, dicho sea de paso, ante todo una moral, aunque la lleve implícita. Pero señalaré una diferencia significativa entre Jesús de Nazaret, que decía que había que amar a los enemigos, y Confucio, pues una vez le preguntaron al filósofo chino: “¿Debe uno amar al enemigo, a aquél que nos hace daño?”. Confucio contestó: “De ninguna manera. Responded al odio con justicia y al amor con benevolencia. De otra forma desperdiciaréis vuestra benevolencia”[12].
[1] Merece destacarse el llamado Neoconfucianismo, importante movimiento que reformuló el confucianismo con influencias budistas y taoístas. Comenzó en el siglo VIII y floreció especialmente en los siglos XI y XII y hasta hoy día ha contado con notables intérpretes.
[2] Para ilustrar la cortesía que ha dado fama a los orientales, me referiré a un detalle pequeño pero significativo: en el caótico tráfico de Kioto dos coches rozan sus parachoques. Los conductores salen de sus coches, se saludan haciendo una reverencia y se disculpan repetidas veces por lo descuidados que han sido. Yo he visto en el centro de Viena chocar dos vehículos y me impresionó ver lo tranquilos y serenos que los dos conductores, lentamente y sin elevar la voz, arreglaron en unos minutos los papeles del seguro. Educados, sí, aunque algo fríos, como la mañana en la que sucedió este hecho. Mucho mejor que los gritos, insultos o malos modos (conozco una persona mayor que fue agredida con un puñetazo e insultada por un joven, cuya moto sufrió un pequeño golpe por parte de un coche que conducía, con cierto despiste puede ser, la persona mayor). Pero mucho mejor aún la cordialidad y calidez del corazón que comprende que valen más las personas que los objetos y el dinero que cueste arreglarlos.
[3] Analectas, 12, 2; 15, 24. Positivamente sería algo así como: “trata a los demás como a ti te gustaría ser tratado”.
[4] La familia siempre ha sido la institución básica, de enorme importancia en la vida del pueblo chino. Confucio decía que la fuente de la que manan todas las virtudes morales es el deber de los hijos para con sus padres. El concepto de piedad filial, el respeto de los niños hacia sus progenitores (y también hacia los mayores), era algo esencial para Confucio. Nada que objetar, siempre que no se entienda esto de un modo absoluto y autoritario. Habría que completarlo con lo que dice Khalil Gibran sobre los hijos en su obra El Profeta. Los hijos no son propiedad de los padres y estos, que los han engendrado, son quienes tienen el primer deber hacia ellos: darlo todo y no como quien busca un interés o espera contrapartidas.
[5] Pero este segundo significado de li se fusiona con el primero, pues, como comenta Huston Smith, “cuando se desenvuelve uno con corrección, según los conceptos confucianos, toda la vida del individuo se convierte en una danza sagrada, es decir, en un ritual”.
[6] En el Libro de Li leemos: “No debe complacerse el orgullo. No debe satisfacerse la voluntad por entero. No debe practicarse el placer en exceso”.
[7] Platón pone en boca de Sócrates estas palabras: “Entonces dime, Critias, ¿cómo elegirá un hombre al gobernante que ha de gobernarle? ¿No elegirá a un hombre que primero haya puesto orden en sí mismo, sabiendo que los efectos de toda decisión que surja de la cólera, del orgullo o de la vanidad pueden multiplicarse mil veces sobre los ciudadanos?”.
[8] Por sólo citar unos pocos ejemplos, mencionemos la caligrafía, la pintura paisajística, la cerámica y esa “danza de la vida” que es el tai chi chuan (que comienza a descubrirse en nuestro país).
[9] Cuando le preguntaron a Confucio acerca del servicio a los espíritus de los muertos, respondió: “Ni siquiera sois capaces de servir a la gente. ¿Cómo podéis servir a los espíritus?” Y como respuesta a una pregunta sobre la muerte dijo: “Ni siquiera entendéis la vida. ¿Cómo podéis entender la muerte?”.
[10] Tu Wei-ming: The World and I, p. 485 (citado por Huston Smith: Las religiones del mundo, Kairós, Barcelona, 2000, p. 192).
[11] Aquí citaré de nuevo a Huston Smith: “La elevación de la persona mayor… ayudó a aumentar en el este de Asia el respeto por la edad hasta alcanzar una actitud rayana en la veneración. En Occidente, cuando alguien confiesa tener más de 50 años, el comentario suele ser: «Pues no parece que tengas más de 40». Según la cortesía china, es probable que el comentario fuese algo como: «Parece que tengas 60». A una persona mayor que visitaba Japón a mediados de la década de los ochenta, un amigo japonés le preguntó cuán sabio era. La confusión que causó la pregunta hizo que el japonés se diera cuenta de que había cometido un error. Disculpándose por no dominar bien el idioma del visitante, el japonés les explicó que había querido preguntarle a su amigo la edad. El contraste es patente cuando comparamos esto con la actitud occidental en cuanto se refiere a la edad… Haciendo frente al inevitable deterioro físico, China creó estructuras sociales que alentaban el espíritu. Cada año que pasaba el anciano podía contar con que recibiría mayor solicitud por parte de familiares y amigos y, como ya hemos señalado, mayor atención y respeto cuando hablara” (o.c., pp. 195-196).
[12] El principal discípulo de Confucio, Mencio, utilizó esta misma argumentación para rechazar la llamada de Mo Tzu a “amar a todos por igual”. El moísmo, en efecto, propugnaba la doctrina del amor universal (en chino: chien ai) y no el recurso a la fuerza para solucionar los problemas sociales: Uno debería “sentir por toda la gente del mundo exactamente lo mismo que siente por su propia gente y considerar a los demás exactamente como uno considera al propio”.
Para una tipología astral
TIPOLOGIA ASTRAL
1. ARIES (21 Marzo a 20 Abril) Fuego Marte y Plutón diurnos. Cabeza. Símbolo: el carnero
Rasgos e ideas que evoca: ímpetu y entusiasmo audacia, avasallamiento, violencia, energía, independencia, coraje, deseo de conquista, voluntad, ambición, orgullo, testarudez, despotismo, tumulto, intensidad, instinto; bondadosa mediocridad, dócil sumisión, emociones fuertes, sensaciones violentas, activismo, temperamento fogoso e irritable, falta de reflexión, superficialidad, falta de constancia, infidelidad; inspiración interior; falta de diplomacia, temeridad.
En cierto modo semejante al colérico (emotivo, activo, primario) de la caracterología.
El hombre Aries quiere “atravesar la pared con la cabeza.
Puede ser un auténtico guía para los demás, o un seductor, un héroe o un criminal (según se trate de la variante superior o inferior de este arquetipo).
2. TAURO (21 Abril a 20 Mayo) Tierra Venus y Ceres nocturnos. Cuello. Símbolo: el toro.
Rasgos e ideas evocadas: resistencia, constancia, instinto de conservación, gran capacidad de trabajo, gravedad, pesadez, gordura, lentitud, estabilidad, solidez, densidad, consistencia, inflexibilidad, calma, reflexión, perseverancia, paciencia, amor al orden y a las cosas bellas, afectividad; mediación, conciliación, diplomacia, temperamento generoso, vitalidad, temple robusto, virtudes hogareñas, talento artístico; materialismo, crítica, intolerancia, impaciencia, irritación, apetito de posesión, egoísmo, sensibilidad, sensualidad, instintos, propensión al placer, aprecio a la vida y al bienestar, avaricia; accesos violentos de cólera, celos, esteticismo, lujo.
Le gastan los honores y ser objeto de estima y reconocimiento por parte de los demás.
3. GEMINIS (21 Mayo a 21 Junio) Aire Mercurio y Palas diurnos. Brazos, pulmones. Sím: Gemelos.
Rasgos y evocaciones: dualidad, polaridad movilidad, flexibilidad, versatilidad, elasticidad, generosidad, mediación, transporte, comunicación; expansivo, vitalidad, actor y espectador de sí mismo, complejidad o adaptación, capacidad persuasiva, esbeltez de movimientos; mirada vivaz, inquieta, escrutadora; su físico expresa bien los estados psíquicos; inteligencia, espíritu sutil, originalidad curiosidad científica, gusto por el juego, atracción por el ejercicio de las ideas; ajenos a cualquier violencia, temperamento nervioso, incapaz de guardar un rencor prolongado, despreocupado, sincero, confiado, gran receptividad; doblez, fragilidad, disimulo, astucia, mentira, fraude, ligereza, amor por los viajes; variabilidad, superficialidad, fanfarronería, disipación, derroche de fuerzas intelectuales, inconstancia, exagerada locuacidad, inquietud, ansiedad, obsesión, falta a veces de reflexión vana curiosidad.
“Es la imagen de todas las oposiciones interiores y exteriores, contrarias o complementarias, relativas o absolutas, que se resuelven en una tensión creadora” (Alexandre Volguine).
Solamente aquellos que saben dar a su propio dinamismo forma y dirección logran desarrollar una actividad verdaderamente productiva; los otros se abandonan a las más variadas ocupaciones (mariposean).
Este tipo se presta como ningún otro a ser agredido, difamado y obstaculizado generalmente en su ánimo.
Desproporción entre una inteligencia superior y la defectuosa capacidad creativa, operativa, práctica y concreta.
4. CANCER (2 Junio a 22 Julio) Agua Luna. Estómago. Símbolo: el cangrejo.
Rasgos y evocaciones: movilidad, fluidez, transitoriedad, variabilidad de ánimo, cambios de humor, recogimiento, protección, sentido maternal, interioridad, germen, tenacidad; mediación, mediumnidad, enlaza el mundo informal y el formal; imaginación, romanticismo, sensibilidad, sentimiento, intuición, inspiración, profundidad; imagen de: abismo, pozo, gruta, caverna, bolsa, vasija, abrigo, casa, ciudad; celoso de su intimidad, parco en palabras, introversión, timidez, reserva, a veces inaccesible, influenciable (afectivamente), a veces conciliador y cordial; memoria, recuerdo, historia, pulsión vital, instinto, psiquismo, inconsciente, subjetividad, sueño, fábulas, fantasía, lirismo; amor por los cambios (especialmente en la juventud); falta de carácter, fantasía morbosa, inconstancia, poco sentido práctico, incapacidad para tomar decisiones, capricho, egocentrismo, cierta presunción o vanidad, cierta excentricidad, a veces fanatismo.
La facilidad de adaptación a las condiciones y circunstancias poco favorables de la vida práctica es, sin duda, una de sus principales cualidades, expresándose de diversas formas.
En contraste con su romanticismo y naturaleza sentimental, a veces tiende al lujo y a la posesión de bienes materiales. Ama los viajes y las cosas bellas.
5. LEO (23 Julio a 22 Agosto) Fuego Sol. Corazón. Símbolo: el león
Rasgos e ideas que evoca: fuerza vital, salud física, potencias iniciativa, conquista, alegría de vivir, elevación, apasionamiento, tendencia a conducir a los demás, cierta fascinación personal, independencia, optimismo, saber ver el lado bueno de personas y cosas, dignidad, magnanimidad, nobleza de ánimo, generosidad ausencia de mezquindad; voluntad, realismo, eficacia, vigor concreto, presencia física, tenacidad y conciencia en el trabajo, muchas posibilidades profesionales; soberbia, arrogancia, vanidad, presunción, prodigalidad, megalomanía, ambición, falta de profundidad e interioridad, retórica; fácilmente excitable, a veces imprudente, libertinaje; tipo apolíneo, idealista.
La inteligencia de los nativos de Leo se dirige más bien hacia el lado práctico de la vida, pero ante sí mismos tienden a justificar sus propios actos con una concepción idealista del mundo.
6. VIRGO (23 Ag.-22 Sep.) Tierra Mercurio y Palas noct. Intestino. S.: doncella recogiendo espigas.
Rasgos e ideas: capacidad de recoger (experiencias, etc.), cierta doblez, extraña unión entre el sentido práctico y el idealismo, altitud de miras, dispersión en lo cotidiano, amor al orden y a la precisión, contraste entre a) la seriedad y la pesadez, y b) la frescura lírica y mental; hogareño, aspiración a la pureza; universalidad, búsqueda profunda y crítica, inteligencia (terrena, esto, es: concreta, práctica, grave y ponderada); lógica aguda, capacidad de trabajo, destreza manual, minuciosidad, tendencia al eclecticismo (reunir ideas de diversa procedencia y naturaleza), accesos de melancolía, timidez, sensibilidad, susceptibilidad, esbeltez en lo físico, sentido de la realidad; apto para el estudio de las ciencias y la filosofía; se encuentra a gusto en medio de la naturaleza (tendencia a la soledad), tendencia a la soltería (como también en Sagitario); poco sociable, círculo restringido de amigos, pedantería, cálculo, frialdad de sentimientos, avaricia, egoísmo, mezquindad, individuos quisquillosos, ambiciones meramente terrenas, egocentrismo, misoginia.
Se trata de una disposición general a retener, a controlar, a dominarse y a disciplinarse; de una tendencia a la economía, a la parsimonia, a la acumulación, a la conservación, a la temporización; de un carácter serio, concienzudo, escrupuloso, reservado, escéptico, metódico, ordenado; aferrado a los principios, a las reglas, a las consignas; sobrio, preocupado por el sentido cívico y por la respetabilidad, trabajador; interesado por las cosas difíciles, laboriosas, ingratas o penosas; que pretende satisfacer ante todo un sentimiento de seguridad.
La tendencia crítica y analítica de su mente fácilmente puede degenerar en un exagerado seccionar cuanto cae bajo su lente escrutadora, si no puede encontrar la síntesis.
Alquimista, capaz de transformar y transmutar cosas y estados, a la persona de este arquetipo lo pequeño le parece tan importante como lo grande; ve lo grande en lo pequeño y viceversa, el universo en su propia intimidad.
7. LIBRA (23 Septiembre-22 Octubre) Aire Venus y Ceres diurnos. Riñones. Símbolo: la balanza.
Rasgos y evocación: equilibrio, armonía, amor al arte, amor por lo bello, por la forma y por la comprensión y la cortesía; tacto, mesura, diplomacia, aprecio por la legalidad y la justicia; ingeniosidad, riqueza de ideas, elegancia de movimientos, armonía y belleza física, más receptivo que expansivo, capacidad de identificación con los demás, muy poco orgullosos, mediación, conciliación, optimismo; frivolidad, superficialidad, ligereza, frialdad, desconfianza, pasividad, inconstancia, a veces renuncia a la propia individualidad, capacidad de cierta despersonalización, insinceridad, tendencias a la violencia, pasiones desenfrenadas, ambición de conquista.
Intento de equilibrio entre la inclinación hacia el mundo de los deseos (Escorpio) y hacia el mundo de la sublimación (Virgo).
Se adapta a las circunstancias que encuentra antes que modificarlas según su propia naturaleza.
8. ESCORPIO (23 Oct. a 23 Nov.) Agua Plutón y Marte noct. Sexo. Símb.: la serpiente y el águila.
Rasgos e ideas evocadas: muerte, contraste, lucha, tentaciones, conflictos, tormentos, renovación, resurrección sublimación, tendencia al ascetismo (y misticismo); penetración, agresión; tiene algo irresistiblemente atrayente, cierta fascinación misteriosa, radar de lo psíquico, originalidad (extravagancia), secreto, apariencia fría engañosa; laboriosidad, sutileza, análisis profundo, resistencia fermentación, dinamismo, dureza, lucha, crisis y arraigo en las crisis, atracción por lo oculto; no cede ante la fatiga, privación o dificultad; erotismo, pasiones morbosas, celos, desorden, traición, tendencia al crimen, orgullo, incapaz de soportar cualquier sujeción, testarudez, astucia, decisión, carácter combativo, inteligencia (como géminis o Virgo). Se establece una dialéctica de la destrucción y la creación, de la muerte y del renacimiento, de la condena y de la redención; Escorpio es canto de amor sobre campo de batalla o grito de guerra en campo de amor.
Esta naturaleza volcánica hace del tipo Escorpio un pájaro cuyas alas no se despliegan con facilidad más que en medio de las tempestades; su clima es el de las tormentas y su país el de la tragedia (bueno, se exagera un poco)
El nativo de Escorpión querría desvelar hasta los últimos secretos de la creación y encontrar una solución al problema del fin de la existencia humana.
9. SAGITARIO (22N.-20 D.) Fuego Júpiter y Neptuno d. Caderas. S.: centauro con arco hacia lo alto.
Rasgos e ideas que evoca: justicia, independencia, libertad, idealismo, altura de miras, aspiración a lo sobrehumano(1), movimiento, instintos nómadas, inteligencia espontánea fundada en la experiencia, desarrollado sentido de la realidad, fe, lealtad, sacrificio, franqueza, religiosidad, sentido social, humanismo, buenos compañeros de vida; infracciones de la ley, trampas, atentados contra la moral, ateísmo, estafa, falta de agilidad intelectual (que es propia de Géminis, su complementario), falta de pensamiento profundo y sistemático (más propios de Capricornio), obstinación, tendencia a lo hiperbólico, poco constantes en sus afectos, inclinación al placer, amor al descanso, pereza, arrogancia, egoísmo, amor a la francachela, pasión por el juego, gusto por la aventura, superficialidad, fanfarronería, mentira, “malas lenguas”.
Se prodigan asistiendo y ayudando a sus propios semejantes, sacrificando algunas veces un tiempo precioso en detrimento de sí mismos.
Si en Aries la potencia ígnea era visceral, y si en el voluntarioso Leo estaba consagrada a la magnificencia del yo, aquí esta fuerza se convierte en la de las decantaciones espirituales, en la de las iluminaciones de la mente y en la de las subidas interiores, mediante las que el instinto y el ego se superan y trascienden hacía lo sobrehumano. (Nietzsche, que era ascendente Sagitario, fue el creador de la idea del superhombre: ver su obra “Así habló Zaratustra”).
En la raíz del tipo Sagitario se discierne un yo en expansión o en intensidad, que busca sus propios límites y aspira a superarlos y ello por una especie de instinto de la envergadura o de la grandeza. De ahí una aspiración a cierta elevación o dimensión que él busca en el arrobamiento, el cual puede ser impulso de participación, de asimilación ideal a la vida colectiva, o, al contrario, rebelión estimulante contra un poder a dominar cuando no simple inflación del yo que se pierde en la embriaguez de grandeza.
La saeta, a la que asimila el saetero (o Sagitario), realiza la síntesis dinámica del hombre que vuela hacia su transformación, por el conocimiento, de ser animal en ser espiritualizado.
10. CAPRICORNIO (21 Di.-19 En.) Tierra Saturno y Urano n. Rodillas. S.: cabra sobre una montaña
Rasgos y evocaciones: defensa, resistencia, firmeza, tenacidad, constancia, laboriosidad, paciencia, serenidad, capacidad de renuncia, austeridad, perseverancia, industria, realización, autosuperación, seriedad, profundidad, prudencia, sabiduría, concentración, sentido del deber, retirada en sí mismo, simplicidad, sobriedad, discreción; gobierno de sí, paciente entrenamiento de la voluntad, precisos y concienzudos en su trabajo, sabe aprovechar las crisis para avanzar; pesimismo, cinismo, taciturnidad, accesos de melancolía, renuncia, tendencia a la soledad, independencia (psíquica), sentido del deber y del sacrificio, ascetismo, responsabilidad; egoísmo extremo, avaricia, crueldad, desconfianza, personas también vengativas; desesperación, depresión.
Capricornio se refiere al simbolismo de la siembra, significando también el despojo, la retracción y la concentración del invierno en su severa grandeza.
Está regido por Saturno, asociado a todo lo duro, ingrato, sombrío y oscuro, pero también a la sabiduría. Saturno es ese despiadado dios del tiempo que cristaliza al ser humano en sus supremas ambiciones, cuando no lo condena al despojo y a la renuncia. La naturaleza capricorniana lleva la señal de este universo frío, silencioso, inmóvil.
Es incapaz de tomar la vida con ligereza, ni como algo fácil. Sobre él pesa la responsabilidad de tener que obrar.
11. ACUARIO (20 Enero a 18 Febrero) Aire Urano y Saturno di. Piernas. Sim.: hombre o anciano
Rasgos y evocación: ciencia, técnica, filosofía, tendencias religiosas, fluidez, limpidez, transparencia, inventiva, desapego frente a lo material, sentido estético, liberación de las cadenas instintivas y apertura a las fuerzas espirituales por vía del desasimiento, amor por lo misterioso, deseo de ser guía; combatividad, ideas reformadoras, amor por la música, ponderación, circunspección, genialidad, humanitarismo y progreso, socialismo, cristianismo, sentido social, comprensión, hermandad, utopía, solidaridad, cooperación, don de sí, altruismo, sentido de la amistad, afabilidad, cortesía, modestia, honestidad, benevolencia, habilidad mental y manual; desmesurado, falta de sentido social (por raro que parezca) y egocentrismo, extrema volubilidad en propósitos e intentos, vanidad, aspiraciones fantásticas, extravagancia, oscilación entre extremos, potencia prometeica, emancipación, aventura, amor por el progreso y el vanguardismo, tendencia a la soledad, originalidad o excentricidad, gustos extraños y refinados, ostentoso.
Si el aire de los Géminis evoca la comunicación mental y el de Libra el diálogo del corazón, el de Acuario plantea el mundo de las afinidades electivas, que nos convierten en seres que viven en una comunidad espiritual y en plena esfera universal.
El tipo Acuario querría ver confirmada su originalidad y sancionado su derecho a ser considerado como un individuo excepcional (afín en esto a Cáncer), por esto corre el peligro de no ser tomado en serio.
Sobre su simbolismo diremos que su figura hace surgir la noble aparición de un ser humano realizado, con los rasgos de un sabio anciano, que lleva debajo de los brazos o sobre los hombros una o dos ánforas, urnas inclinadas que derraman a chorros el agua que las llena.
12. PISCIS (19 Febrero a 20 Marzo) Agua Neptuno y Júpiter noct. Pies. Simbolismo: dos peces
Rasgos e ideas: mística, metafísica, creación artística, utopía, carácter quijotesco, sensibilidad, amor al arte, sincera religiosidad, conciencia y sentido de la responsabilidad, amor por los viajes lejanos y exóticos, inspiración, intuición, imaginación, psiquismo, naturaleza muy receptiva e impresionable, plasticidad psíquica, mediumnidad, sublimación, amor platónico, tendencia al extremismo, excitabilidad, sentimiento, romanticismo, ensoñación, un estar como en la luna, aspecto descuidado, fragilidad física, indolencia, indecisión, miedo, ingenuidad; caridad, compasión, sacrificio, humildad, ajenos al deseo de acumular riquezas; debilidad de carácter, falta de afecto, falta de consistencia, sensualidad, abandono, dilatación e inflación emotiva; carecen de sentido de la realidad, pereza, mentira, histerismo, astucia, materialismo, explotación; en el extremo, alguna tendencia al sadomasoquismo.
En este arquetipo el ser se desborda a sí mismo (como corresponde al fin de las cosas, o a las últimas realidades) para confundirse con la conciencia de un valor que lo supera y engloba, asimilándolo a una condición más general. A veces, suele ejercer una fascinación particular y algo exótica (sobre todo en la mujer).
Buen colaborador como es, gusta empero de la independencia o de posiciones dirigentes.
Se da en é1 la oscilación entre estados de exaltación y melancolía, de optimismo y de pesimismo. También cambios y oscilaciones casi constantes que pueden hacer difícil la convivencia.
Su símbolo se refiere a dos peces dispuestos paralelamente pero en posición mutuamente inversa.
Nota final.-
Esta tipología nos sirve como ejemplo de un lenguaje simbólico (arquetipos, elementos, planetas y dioses de la mitología...) y hay que tener en cuenta el carácter doble o polar de los símbolos: se refieren a algo y, al mismo tiempo, a su contrario. Por eso vemos en un signo cualidades y defectos del todo opuestos. Además, en cada signo o arquetipo podemos considerar al modelo realizado o al poco evolucionado, el superior y el inferior.
Nada se prejuzga aquí sobre el valor o no valor de la astrología como conocimiento. Desde luego, no se la considera como ciencia experimental, ni como saber filosófico o racional; en todo caso, como arte o ejemplo de un modo de pensar analógico y tradicional, propio del hombre antiguo. En cierto modo, un lenguaje olvidado. La pregunta es: el ser humano ¿se ha engañado durante siglos, en las principales culturas de la antigüedad, pensando que puede haber un lenguaje que exprese correspondencias a diversos planos de realidad, entre macrocosmos y microcosmos? Su sueño, al menos, es hermoso: formaríamos parte de un universo pleno de sentido. Santo Tomás de Aquino, filósofo y teólogo medieval, escribe en la Suma Teológica que "Los astros inclinan, pero no obligan". Quedaría, pues, a salvo la libertad.
Una observación: cuidado con hacer de la astrología una superstición o un comecocos. No abundan probablemente los libros buenos y profundos sobre el tema.
Simbolismo de los elementos: (aplicado al ser humano):
l. Fuego: vitalidad, salud, fuerza espiritual, voluntad, lo divino en nosotros. Atravesar el fuego, según Eliade, es símbolo de trascender la condición humana. Dualidad: pasión-espíritu.
2. Aire: hálito vital, palabra, pensamiento, inteligencia, mediación sutil, mente. Dualidad: divagación (o mera razón)-inteligencia (verdadero conocimiento).
3. Agua: principio de vida y de la manifestación de las formas, mediación entre la vida y la muerte, alma o conciencia, psiquismo, sentimiento, sueño. Dualidad: capricho irracional-intuición del corazón, sensibilidad.
4. Tierra: vida organizada, acción concreta y práctica, percepción, realización, concreción, cuerpo. Dualidad: egoísmo o materialismo-realización, plenitud.
Por cierto que yo asociaría los cuatro tipos básicos de Jung con los cuatro elementos. A saber: pensar (aire), sentimiento (fuego), intuición (agua), sensación (tierra).
Complementarios: Cada signo tiene un contrario-complementario, que tiene, por así decir, lo que al otro le falta. Así, los signos de Fuego se complementan con signos de Aire, y los de Tierra con los signos de Agua. Más en concreto: Aries con Libra, Tauro con Escorpio, Géminis con Sagitario, Cáncer con Capricornio, Leo con Acuario y Virgo con Piscis.
Un último ejemplo sobre este simbolismo: en la tradición hindú, así como en Homero, Cáncer representa la “puerta de los antepasados” (o la entrada en el mundo, en la manifestación) mientras que Capricornio significa la “puerta de los dioses” (entrada en el mundo del avatar o de la manifestación divina en forma humana, y la salida de este universo manifestado). Simbólicamente, no es casualidad que la Navidad se celebre el 25 de Diciembre, junto al solsticio de invierno -fiesta celebrada ya en la antigüedad, entre otros pueblos, en Roma-, esto es, en Capricornio.
Texto comentado de Aristóteles sobre la belleza de las matemáticas
“Yerran quienes afirman que las ciencias matemáticas no dicen nada acerca de la Belleza o de la Bondad. Hablan, en efecto, de ellas y las muestran en grado sumo. Aunque no las nombren, no es que no hablen de ellas, puesto que muestran sus obras y sus razones. Por su parte, las formas supremas de la Belleza son el orden, la proporción y la delimitación, que las ciencias matemáticas manifiestan en grado sumo. Y puesto que éstas (me refiero, por ejemplo, al orden y la delimitación) son, a todas luces, causas de muchas cosas, es evidente que hablan en cierto modo de esta causa, la causa como Belleza” (Aristóteles, Metafísica, M 3, 1078 a 33-1078 b 5).
Comentario: Este es un texto eminentemente platónico, pues, según Platón, el Bien (el Uno o la Divinidad), “suprema medida de todas las cosas”, se manifiesta en las relaciones de proporción, orden y armonía, a distintos niveles, que constituyen la belleza. Esta, por tanto, como escribe G. Reale, nos hace ver al Uno en las relaciones proporcionales y numéricas, en lo físico como en lo inmaterial. Por eso, para conocer la belleza hay que pasar antes por varios grados que incluyen las diversas ciencias y, entre ellas, la matemática, que es intermediaria entre el mundo sensible y el inteligible. Así se comprende el lema, “que no entre aquí [en su escuela, en su Academia] nadie que no sepa geometría”, que se decía inscrito en el pórtico de la célebre institución educativa ateniense. Dios geometriza. El Demiurgo modela a la materia con precisión de arquitecto. Matemática y arte se dan la mano, como muestra la presencia de la sección áurea en las principales obras del arte griego clásico, así como en el arte renacentista. El pitagorismo latente de Platón: números, figuras, música en las entrañas de lo real. Esa música callada que es también la música de las esferas celestes, pues que el amor (mezcla él mismo y mediador, como el alma, hijo de la Abundancia y la Pobreza), que pone orden y tiende a la unidad y a la belleza, es el vínculo que mueve el sol y las demás estrellas, según la conocida expresión del Dante.
Conocimiento y espiritualidad. Un esbozo
Es cierto: amamos el conocimiento porque amamos la vida. Y es posible que no estemos del todo acostumbrados a vivir, pero hemos nacido para amar y para intentar ser felices. Ojalá la felicidad fuera algo inevitable para todos nosotros, como se pone en boca de Yudhistira, en el Mahabharata indio. Encontrar sentido al sufrimiento, al inmenso sufrimiento de tantos seres humanos, este es un verdadero problema para los filósofos.
“El que ame su vida la perderá, y el que pierda por mí su vida la hallara”. Palabras enigmáticas y difíciles, extrañamente hermosas, si bien es cierto que el mayor amor se muestra en la entrega de la propia vida: “Vivimos para entregar la vida, / otra razón no hay”, rezan los versos de Rumi. Nosotros las vemos relacionadas con la purificación y con el desprendimiento que nos alejan del hombre exterior, del viejo hombre; con la superación del ego, que no es lo mismo que la pérdida del yo personal. Dios no quiere nuestra aniquilación, sino nuestra transformación. En efecto, “el hombre es el ser que padece su propia transcendencia” (María Zambrano).
Conocemos para vivir más plenamente, aunque no puede olvidarse una objeción. Aquella del sabio hebreo que anuncia que en mucha ciencia hay aflicción y que aumenta sus padecimientos quien aumenta sus conocimientos. Sin necesidad de un sentimiento trágico, schopenhaueriano o excesivamente órfico de la vida, es cierto que aquí aprendemos muchas veces padeciendo (como enseña la tragedia griega) y está escrito: por la paciencia conquistaremos nuestra alma.
Hay algo de locura en el amor y el también algo de cordura en la locura, escribió Nietzsche, aquel filósofo que no entendía se pudiera despreciar esta vida en aras de otra vida por venir. Bien entendido que hablamos del delirio, de la theia manía, del entusiasmo divino -valga la redundancia-, de esa pizca de locura sin la cual no es posible entrar en el palacio de la sabiduría (W. Blake).
Pero sabemos que la sabiduría no consiste en la erudición (Heráclito). De ahí la necesidad o conveniencia de aprender el arte del desaprender, necesario vacío de lo que implican las palabras y las ideas para llegar al centro silencioso y sereno; o de la noche oscura, que purifica el espíritu -y no sólo en sentido-, los descensos a los ínferos; en fin, la pobreza de espíritu que a la que pertenece (o que atrae) el Reino de los cielos. Es bien sabido, la purgación (la obra al negro, en lenguaje alquímico) precede a la iluminación y a la unión.
Entonces, ¿qué conocimiento? Ante todo, el de que una sola cosa que es necesaria. Ésa en cuyo amor consiste la verdadera pureza del corazón (Kierkegaard). Es sabio el que conoce de veras esa única cosa, ese tesoro escondido, esa perla preciosa, esa chispa divina increada (Eckhart), don del amor donde de veras vivimos y somos. Otra cosa no han enseñado los sabios, si entendemos la sabiduría como el arte de vivir una vida plena y hermosa.
Conocimiento que se busca, que no se escribe, que se aprende y se guarda en el corazón... que está hecho de pasividad y actividad, como dos y bien distintos son los intelectos del mismo nombre que nos integran. Conocimiento que se pasma, en su misma certidumbre, del milagro de la vida y del prodigio (misterio en el misterio) de la posible divinización del ser. Por eso, doctrinarios y dogmáticos alejan al espíritu; meros teólogos o moralistas (válidos en su nivel) no pueden comprender lo que escapa a la razón, ni aquello que dice el místico de que para el justo no hay ley. Tampoco entienden muchas veces que la ley se hace o revela para el hombre y que Dios es un Dios de vida.
Conocer para nacer, para renacer, para ir en pos de ese segundo nacimiento que sabe a fuego del espíritu, ese que hace libre, ese que sabe a gloria porque su llama consume, pero no quema. Conocer para asimilar y asimilarse a la realidad cosmoteándrica (R. Pánikkar) pero no para apoderarse de ella (¡es imposible!), sino para buscarle un sentido y afirmarla.
Y nosotros la afirmamos como misterio, de modo análogo a esa realidad última que es su fundamento (theos) y su aliento, su centro invisible. Conocer, en sentido iniciático, debiera ser pues, también, un ahondar en lo insondable, un dar vueltas sobre lo inefable, un caminar sobre las aguas, un paso “en falso” allí donde no se hace pie… Y no quisiera que se entienda esto como una huida hacia delante, como una caída en el irracionalismo, sino como un límite necesario a toda pretensión que acaba siendo escolástica por confiar demasiado en la humana inteligencia. Por eso, en el océano del Misterio, la única lámpara que nos sirve es la fe.
De impresionante manera se nos muestra esta idea en la forma como, en sus últimos escritos, poco antes de morir "prematuramente", sor Isabel de la Trinidad alude a este abismarse en la divinidad, que reside en el fondo del alma, conforme a las enseñanzas de sus maestros Ruysbroec y Juan de la Cruz. Valgan estos ejemplos: “descender cada día por este sendero del abismo que es Dios. Dejémonos deslizar por esta pendiente con una confianza toda llena de amor”… y citando a Ruysbroec: “Sucede este fenómeno: es Dios quien en el fondo de nosotros recibe a Dios que viene a nosotros, y ¡Dios contempla a Dios!, Dios en quien consiste la bienaventuranza”. Y esa donación o autodonación de Dios es “una llegada incesante, una generación que no merma”. Como no merma el ascenso-descenso del abismamiento que es un verdadero retorno al Origen, recordando esta idea tan cara a Lao Tsé y que es susceptible de una interpretación cristiana o que se puede asumir desde esta perspectiva. En suma, experiencia abisal, que nos permite vislumbrar la vida en el presente eterno (otra idea tan esencial en el Maestro Eckhart), allí donde se encuentran el tiempo y la eternidad[1].
Es claro, pues, que pensamos en un conocimiento no meramente acumulativo o “intelectual”, sino que nos transforme. Ese conocimiento que va tan íntimamente unido al ser, que sabe de lo que habla y habla de lo que sabe porque lo ha experimentado y vivido.
Mística especulativa significa que, desde la fuente y el claro que supone la vivencia de amor y transformación, desde esa perspectiva a un tiempo abisal y humana, profundamente humana, se intenta progresar hacia un conocimiento de Dios (teosofía) y de lo real (ontología, en el mejor sentido de esta clásica e ilustre palabra).
Inútil e infecunda me parece, por tanto, la distinción que contrapone, subordina o separa mística de intelecto (así en René Guénon y sus seguidores) y que llega, acaso en un extremo de ceguera propiciado por la excesiva claridad del saber, a valorar y estimar más la tinta de los sabios que la sangre de los mártires. Desde luego que la tinta y la sangre no tienen por qué ser comparadas ni entrar en conflicto, que multiformes son los dones de lo alto y pretenden la unidad. Además, se ha sugerido que quien es capaz de escribir con su propia sangre se dará cuenta de que la sangre es también espíritu (Nietzsche). La mística especulativa (Eckhart, Plotino, el Pseudo-Dionisio, Rumi, Böhme, Swedenborg…) me parece que zanja este conflicto entre “intelectuales” y “cordiales”. Quien sea más cristiano apreciará seguro a S. Buenaventura, Guillermo de Saint-Thierry o Bernardo de Claraval, en quien por cierto aparece esa fórmula preciosa del “ojo del corazón”, tan grata a los sufíes, para referirse al órgano del conocimiento.
Termino con una anécdota. No es literal, pero refiero bien la idea:
Los discípulos del llamado S. Dionisio (o el Pseudo-Dionisio Areopagita) le preguntaron al maestro quién le entendía mejor, a quién estimaba como el mejor de sus discípulos o al más adecuado para sucederle. La respuesta no se hizo esperar:
-“Atanasio” [es un decir; el nombre no lo recuerdo].
-“¿Atanasio? No es el más inteligente, ni el que posee más conocimientos… ¿Por qué Atanasio?”.
-“Porque él experimenta a Dios”.
Esa experiencia de Dios que, bien entendida, nos parece la meta de todo conocimiento y el criterio o la clave de un discernimiento espiritual capaz de unir conocimiento y vida, capaz de buscar en el conocimiento lo que nos dé vida, porque pone aquél al servicio de ésta, ya que se vive para la auténtica filosofía. Así no puede haber escisión y se encuentra la luz que puede dar sentido y dirección a los anhelos y a la esperanza humana, la guía que armonice el fuego y el calor del corazón y de todas las potencias genuinamente humanas, pues, para decirlo con frase de María Zambrano, “nada de lo real ha de ser humillado”. Sí amado y comprendido, elevado, sanado o trascendido, vinculado a su centro y a su origen.
[1] Los textos y el conocimiento de Isabel de la Trinidad los debo a la generosidad de mi amigo el padre carmelita descalzo Enrique Lassa, autor de un precioso escrito, aún en prensa, que me ha facilitado y que se titula Sor Isabel o la ruta del amor, donde efectúa un paralelismo entre los escritos de la santa y las reflexiones sobre los diez grados de amor que Juan de la cruz expone en los capítulos 19 y 20 del libro II de la Noche oscura del alma. A propósito de lo que estábamos hablando escribe el P. Enrique:
“No tarda Isabel de la Trinidad en descubrir que su vivencia del infinito de Dios que la habita es la de no tocar nunca fondo, de ahí su traducción de dicha vivencia -que reitera una y otra vez como un estribillo incansablemente repetido- como un inacabable abismarse en el abismo asimismo inacabable de Dios, abismo u océano -traducirá en otras ocasiones- que tanto abarca cuanto penetra a quien en él se sumerge, que eso es la contemplación como carisma que Isabel recibe y ejercita, ejercicio de amor que no necesita -ni puede- formularse adecuadamente en conceptos o palabras, puesto que le basta, simplemente, la conciencia lúcida de la presencia real del Padre, del Hijo y del Espíritu, presencia informulable por ser por sí misma inefable. La contemplación, más que para ser formulada, está para ser vivida. No obstante, el teólogo Tomás de Aquino aventuró una formulación que para el profano o inexperto pudiera sonar como la explicación que se diera a un ciego de nacimiento sobre el azul del firmamento, el verde de los prados o el rojo del ocaso, pero que, sin embargo, y a falta de la experiencia vivida, contiene la verdad fundamental que un teórico puede expresar aun sin poseer dicha experiencia y que un contemplativo experimenta aunque ignore la teoría: es -dijo- la consecuencia o efecto de la caridad teologal que actúa mediante el don de sabiduría, esa sabiduría que -siempre según el mismo Tomás de Aquino- es conocimiento de Dios como por connaturalidad, ese que se genera en el amor compartido y que produce tal connaturalizad al colocar a los amantes en el mismo plano de igualdad. “A vosotros ya no os llamo siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn. 15, 15). Si no puede decirse que todos los amigos de Dios reciben el don de la contemplación, sí puede decirse que todos los contemplativos experimentan la amistad con Él. Juan de la Cruz relaciona asimismo ese conocimiento de Dios no conceptual, sino sapiencial, con el amor -la amistad de que habla Jesús en el texto citado- cuando escribe de “la sabiduría mística, la cual es por amor” (CE. Pról. 2), afirmación reiterada, como cuando afirma que “Nunca da Dios sabiduría mística sin amor, pues el mismo amor la infunde” (II N. 12, 2). Pareciera, según eso, que el conocimiento contemplativo de Dios invierte la dinámica del simple conocimiento mental, según el cual –tal como afirmaba la escolástica- nada puede ser deseado o amado sin que previamente haya sido conocido, puesto que en la contemplación es el amor deseante de Dios el que genera el conocimiento sapiencial”.
