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Boehmiano. En pos de la sabiduría, como arte de vivir

Un antiguo artículo de prensa sobre los Presocráticos

Los Presocráticos, filósofos del universo[1]

Las ideas de los presocráticos -filósofos que vivieron en la Grecia del siglo VI antes de Cristo-, parecen asombrosas intuiciones de las teorías de la ciencia experimental, especialmente de la física moderna. Ellos fueron investigadores del Universo y no sólo de la Tierra y sus brillantes percepciones abarcan de lo más pequeño a lo más grande. Los átomos, la conservación de la materia..., nada escapó a estos griegos del siglo sexto a. C.

«En los orígenes mismos del pensamiento universalista, los presocráticos, esa pléyade de filósofos que vivieron en las costas de la antigua Jonia, en Grecia y en Sicilia, merece más bien ser llamados filósofos del universo, filósofos de las cuatro esquinas (los confines del mundo) o, incluso, filósofos del infinito.

De Alcmeón a Tales

Ya que su nombre empieza por A, empecemos por Alcmeón, que fue el primero en destacar la importancia del cerebro, la más perfecta de las computadoras. Discípulo de Pitágoras en la vejez de éste, proclama que el cerebro humano es un elemento primordial. Poco después, las ideas de otro filósofo presocrático, Demócrito, prefiguran el nacimiento del primer cerebro electrónico y la fisión del átomo. Pero hay que reconocer a Alcmeón el mérito de haber sido el primero que definió en occidente el yin y el yang de los chinos, al afirmar que la dualidad es la esencia de lo humano y que la “unicidad” (es decir, el uno sin su contrario) engendra la enfermedad. Las computadoras se basan en la dualidad del imput y el output.

Demócrito, junto con el Leucipo (fueron conocidos como los gemelos), concibe la primera hipótesis atómica. Fue el primero que sostuvo que lo único que existen son los átomos y el vacío. Su materialismo dialéctico, que presentaba la naturaleza como un todo cuyas partes están unidas entre sí, queda justificado por los descubrimientos de nuestro siglo, el siglo del átomo, de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica.

Heráclito introduce la noción de psicosomático, que tanto predicamento tiene hoy en día, pero una de sus afirmaciones esenciales era que la antítesis y el antagonismo generan el progreso y el desarrollo. “La guerra es la madre de todas las cosas”. Todo, menos la ley de la transformación, se derrumba y se transforma. Y una de sus tesis, paradójica para la época y precursora de los descubrimientos científicos modernos, era que universo muere y se reanima por periodos alternativos; que no tiene creador ni principio ni fin en el tiempo. ¿Acaso la ley de la conservación de la energía en física no es la confirmación más rotunda de que el universo es infinito e inmortal?

Unos años más tarde, Empédocles presiente la perennidad de la materia: “Estúpidos, ¿cómo es posible que algo proceda de la nada?”.

El movimiento y la inmovilidad, la vida y la muerte, sólo son dos caras de la misma realidad. 2500 años después Leibniz y Lavoisier descubrirán la ley de la indestructibilidad de la materia; la ciencia atómica contemporánea ha calculado que si bien la vida de algunas partículas del átomo es sumamente breve, cada electrón, protón o neutrón existe, por el contrario, desde siempre. El universo está hecho con estos materiales básicos de construcción y se sabe con certeza que nada surge de la nada. “Nada nace de nada y lo que es ha sido y será siempre” es también lo que afirma Meliso, para quien “no hay principio ni fin. Nada se va, porque nada vino nunca”.

Un pluralismo naciente

A principios del siglo VI a. C. Tales se trasladó en barco a Mileto y viajó a Egipto con intención de estudiar en los templos de Toth, o Hermes, dios de la ciencia. A su regreso dejó a sus compatriotas estupefactos al declarar: “El sol y las estrellas son simplemente esferas de fuego de dimensiones colosales”. Su discípulo Anaximandro creía que en sus orígenes el mundo era una masa indiferenciada de sustancia primitiva y árida. Explicaba que esa masa se había condensado poco a poco, pasando del estado gaseoso al líquido y después al sólido, e insistía en la función que había cumplido la temperatura en el nacimiento del mundo. Filolao sostenía que “todo es número. Sin el número no hay nada que se pueda conocer ni pensar”. Y, según él, la esencia del número, su fuerza, reside en la decena.

También aquí hay coincidencia con la física actual. A este respecto afirma Werner Heinsenberg: “Tal vez convenga poner de relieve que la pregunta de si la materia original es alguna de las materias conocidas o algo diferente y superior a ella se está planteando de distinta forma en la física moderna. Hoy en día los físicos, al igual que los filósofos presocráticos en su época, intentan encontrar una ley fundamental del movimiento de la materia de la que puedan depender matemáticamente todas las partículas elementales y sus singularidades. (...). Por consiguiente, son en última instancia las formas matemáticas las que sustituyen a los cuerpos regulares, siguiendo un proceso casi igual al de los Pitagóricos, según el cual pueden conseguirse vibraciones armónicas al modificar la tensión de las cuerdas”. Para Pitágoras “los números son los elementos primeros de la naturaleza”.

Tales, “el primer astrólogo predijo los eclipses de sol y explicó los solsticios”, fue, según Karl Popper, el fundador de una tradición nueva del librepensamiento. La actitud crítica del discípulo hacia la doctrina del maestro se convierte en la escuela jonia en uno de los elementos de la filosofía. Tales toleraba la crítica e incluso la fomentaba, lo que constituye una novedad, una fisura en la tradición de la doctrina única de la escuela y la introducción de un pluralismo doctrinal que lleva necesariamente a cobrar conciencia de que nuestros intentos de aprehender y explicar la verdad no son definitivos, sino que pueden mejorarse, de que nuestros conocimientos y nuestra doctrina son coyunturales.

La vida del diálogo

Parménides no es sólo el físico que afirmaba: “Todo obedece a la necesidad: la tierra, el sol, la luna, el éter común a todos, la Vía Láctea y la fuerza caliente de las estrellas”, sino también un poeta que escribió: “Por doquier suscita (Eros) el alumbramiento odioso y la unión, empujando a la hembra hacia el macho para unirse a él”.

El afán de unidad es idéntico en Anaxágoras: “Lo visible es el aspecto de lo invisible”, “la Inteligencia rige todas las cosas” y “lo que debía ser, lo que era y ya no es, cuanto es ahora y todo lo que se producirá, todo ello la Inteligencia lo ha conocido y lo ha dispuesto en buen orden por su rotación”; Jenófanes afirma: “El anchuroso mar ha engendrado las aguas, los vientos y los ríos”; y, por último, Anaximandro: “El calor se separó del frío en el nacimiento del mundo y formó en torno al aire del planeta, como la corteza alrededor del árbol, una esfera ardiente. Y la esfera, dividiéndose en dos, formó dos esferas, la del frío y la del calor generado por la matriz en el nacimiento del mundo”.

Así pues las ideas de los presocráticos parecen asombrosas intuiciones de las teorías de la ciencia experimental moderna. Karl Popper concluye su estudio con estas palabras: “Después de los presocráticos la humanidad cayó en el letargo invernal de la Edad Media que se ha prolongado hasta nuestra época, cuando Einstein, con sus descubrimientos sobre el movimiento, la masa, la energía y el tiempo, ha ofrecido una imagen nueva del viejo universo. La filosofía presocrática nos muestra la vía del diálogo, de donde puede surgir la verdad, en tanto que las religiones dogmáticas y las ideologías rígidas son monólogos en los que acapara la palabra un solo interlocutor, el que cree tener el monopolio de la verdad. Pero semejante monopolio no puede existir”. Como afirma Oppenheimer, la noción de complementariedad, que caracteriza la estructura atómica y los cuanta, supone reconocer que dos descripciones distintas de una experiencia son igualmente válidas, indispensables, aunque sean irreconciliables. Y yo agregaría que otro tanto cabe decir de la ley de la indeterminación.

Saberes e intuición

Los filósofos presocráticos fueron investigadores del universo y no sólo de la Tierra. El ámbito de sus investigaciones sería hoy en día la guerra de las galaxias. Como señala un estudioso norteamericano, “la psicología del hombre corriente del siglo XX es prácticamente la misma, en términos generales, que la de un comerciante del siglo XVI o un campesino del siglo XIV, aunque tenga automóvil y televisión. El abismo que separa los conocimientos de nuestra época de las concepciones anacrónicas que hemos heredado de la Edad Media provocará estupefacción en el futuro. Esta distancia es una de las causas de nuestra crisis actual, material y psicológica. Un buen ejemplo de rectitud en el juicio y el método nos lo brinda el siglo de oro de los presocráticos griegos, cuando la filosofía significaba pensamiento científico”. Y también, añadiría yo, cuando la tecnología no se reducía a las capacidades de una computadora. El hombre no puede vivir sin intuición. Todos los grandes sabios, al igual que los astronautas, han recurrido a la poesía para describir el milagro que tenían ante sus ojos. Y es precisamente esa poesía, junto con el conocimiento científico, lo que nos ofrecen los filósofos presocráticos».

Vassilis Vassilikos



[1] El 8 de Noviembre de 1992, en el diario Heraldo de Aragón, apareció publicado un artículo de Vassilis Vassilikos que llevaba por título: Los presocráticos, filósofos del universo. Me lo trajo a Covaleda, en Soria, un compañero del instituto que vivía en Zaragoza. Lo he conservado en papel y lo transcribo ahora para mis alumnos de 1º de bachillerato. No comparto todo lo que dice, pero creo que no carece de interés, sobre todo por su admiración a los Presocráticos y por su manera de traerlos a la actualidad y relacionarlos con la nueva física contemporánea.

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